banda sonora utilizada durante la
escritura de este texto: Chrono Trigger |
Psychedelic Prog Rock | Complete Soundtrack
Empecé este blog hace dos años
haciéndolo coincidir con mi cumpleaños─que coincide a su vez con
el Día del Orgullo Friki─jugando con la idea de aprovechar un
(hipotético) flujo de taquiones. La última entrada fue exactamente
hace un año, obligándome a escribir para poder permanecer en ese
(hipotético) flujo de taquiones para que, de ese modo, la
(hipotética) estructura taquiónica que andaba armando no perdiera
momentum.
Remarco lo de hipotético porque algún
lector como mi colega intenáutico Marc me ha transmitido cierta alienación por mi aparente creencia ciega en los taquiones, a lo que
debo responder que, en fin: intento darle al blog un tono irónico
básicamente porque bastante triste es la vida ya. Y que ya vengo con
los huevos pelaos del agnosticismo de modelos de Robert Anton
Wilson─primo hermano del perspectivismo de Nietzsche─y que en
principio intento no creerme todo lo que pienso acerca de la
realidad; o bueno, no al menos de forma consciente, claro, porque
luego el inconsciente funciona de forma caprichosa y vegetativa y
acaba adhiriéndose a todo tipo de creencias por cuestiones de
supervivencia, tabúes, reproducción o a saber qué otros resortes
evolutivos.
Como mamífero humano no creo tener
inmunidad sobre este tipo de procesos.
Pero me disperso. Este año no iba a
escribir nada. Mi mundo creativo transita ahora otro sendero. Sí,
pensaba en dejar como un pequeño teaser un retrato que mi buen amigo
y sensei Mister Hikki me está haciendo mientras escribo estas
líneas. Por aquello de, nuevamente, no perder demasiados taquiones.
Pero unos diez días antes de la
efeméride, de sopetón, ese momentum taquiónico me ha golpeado
repetida (e hipotéticamente) durante toda la mañana. Así que me he
liado la manta a la cabeza y he acabado escribiendo un texto
intentando transmitir al lector esta misma vivencia de bombardeo
supraliminal para celebrar debidamente mi entrada (y la de este blog) en el Tercer Año
Solar de mi Era Taquiónica.
(He de decir que los taquiones han estado golpeandome hasta la última revisión del texto, horas antes de su publicación. Estos desarrollos ulteriores están recogidos en las notas a pie de página, al final del texto).
***
Todo empieza en junio del año pasado,
justo un par de semanas después de haber publicado la entrada anual
del blog que celebraba el Segundo Año Solar de mi Era Taquiónica.
No exageraré si digo que llevaba por lo menos 20 años sin leer uno
de mis cómics predilectos: "Animal Man", guionizado por
Grant Morrison. Digo "predilecto" no en un sentido de calidad
global de la obra, sino más bien por el impacto que tuvo en quien
esto escribe─y que, a juzgar por los acontecimientos, sigue
teniendo.
Caía la noche y me llevé el primer
retapado de la serie de la editorial Zinco a la cama. La primera
página del segundo número, "Vida en la jungla de asfalto",
abre con una secuencia en la que unos ojos felinos dirigidos al
lector surgen de la oscuridad de un escondrijo. Un ratón de campo
ronda ese escondrijo. La última viñeta de la secuencia vuelve a
mostrarnos a una gata de frente, rompiendo de nuevo la cuarta pared,
mientras se abalanza sobre el ratón. Después, un fundido a negro.
Estaba yo deslizando mi mirada sobre
esta secuencia cuando, de sopetón, mi gata Bulma se abalanza sobre
mí, dándome un pequeño susto. «¡Qué gracioso!»─me digo─y
escribo un post en X contando la anécdota. Guillermo Arellano contesta que le parece una «sincronicidad de
libro»─yo diría más bien que de cómic─y sigo leyendo la
historieta, que no llego a terminar porque me quedo, en otro fundido a
negro, sobadísimo a los cinco minutos.
Al día siguiente vuelvo a acostarme
con la intención de seguir leyendo el cómic, que retomo por el
mismo número dos. Cuando empiezo de nuevo con la secuencia de la
primera página Bulma vuelve a aparecer de la nada, abalanzándose de
nuevo sobre mí en uno de sus típicos juegos que emulan la caza.
Esta vez no lo cuento en X, porque pa qué, pero el suceso me tiene
pensando el resto del año. Desde esta doble
coincidencia─sincronizada a su vez con la relectura del cómic que
más me marcó durante mi adolescencia─he andado preguntándome:
¿acaso percibió mi gata un (hipotético) flujo de taquiones
conectando estos eventos?
¿Sueñan los gatos con taquiones
eléctricos?
***
No me pregunto si los
animales persiguen flujos de taquiones por
primera vez.
Estoy hace 15 años en casa de mi
madre. En aquella época andaba leyendo sobre chamanismo, en una
mezcla de textos académicos y neochamanismo pop con ecos de la New Age. Sigo dándole vueltas a una voz que escuché tras un estado
alterado de consciencia que me impelía a ir a Japón. Decido, en un
acto supongo que un tanto naïf, buscar un animal-tótem relacionado
con el folklore japonés que me dé suerte. Tras navegar la red un
rato acabo eligiendo la libélula roja─akatonbo (赤とんぼ) en
japonés. Representa─leí por aquel entonces─cambios positivos,
resurgimiento, fuerza y prosperidad.
Acto seguido, cuando salgo a la
calle, encuentro en el jardín de casa de mi madre una libélula roja
y, junto a ella, un sobre de azucarillo vacío en el que había
escrito algo sobre el amor.
Hace 4 años estoy de nuevo viviendo en
casa de mi madre. Me fui a trabajar a otra provincia, tuve una
relación larga con una mujer que al final salió mal y me volví a
mi ciudad natal. Tengo ahorros y me planteo comprar vivienda. Llevo
un año buscando algo que me convenza pero no encuentro nada.
Finalmente aparece una casa vendida por una particular─lo cual me ahorra la comisión de la inmobiliaria─que se ajusta a lo que
busco.
Voy a verla acompañado de mi madre y
su novio. Tengo mis dudas sobre la casa, aunque a la vez reconozco
una buena oportunidad de compra tras estar un año rastreando el
mercado─cosa que en retrospectiva creo acertada, pensando en como han subido los precios después. También pienso que, si no me doy prisa, esa casa va
a volar enseguida. Así que salimos al coche un momento para comentar
todo esto y, en ese preciso momento─enmedio de ese buyer's hesitation que dirían en el departamento de ventas─una libélula roja se posa sobre
la antena del coche.
Vuelvo a la casa y pido el contrato de
arras.
Hasta aquí, digamos, la parte más
materialista o cruda de la sincronicidad. En noviembre de este año,
sin embargo, hago una interesante averiguación. En Japón hay una
canción de cuna popular titulada, precisamente, "Akatonbo"─esto
ya lo sabía y de hecho mantuve durante cierto tiempo el dominio web
akatonbo.es con esta canción en la página principal. Pero no sabía
que la NHK japonesa la nombró, tras una encuesta en 1989, canción
favorita del país; tampoco que la enseñan a los niños en el
colegio y que incluso en algunos pueblos la hacen sonar por megafonía
al final de la jornada laboral.
La letra describe el recuerdo de un
niño pequeño que, llevado a la espalda de su nēya (姐や, una joven niñera o cuidadora que actuaba como figura
materna) ve una libélula roja al atardecer. Luego recuerda recoger
moras en los campos de montaña y cómo esa niñera se casó a los 15
años y desapareció de su vida─cortando el contacto con su
aldea u origen. La separación de la figura cuidadora simboliza
la pérdida de la inocencia y del calor materno─el autor de la
letra, Rofū Miki, tuvo una infancia complicada: padres divorciados,
ambos ausentes y criado por una niñera.
Leyendo sobre esto, como digo, fue
cuando pensé en que quizás la libélula y yo no nos habíamos
encontrado en diferentes puntos del espacio-tiempo simplemente por un flujo de taquiones. En el momento de adoptar el tótem yo
estaba en casa de mi madre, intentando encontrar una salida a mis
dilemas existenciales. Cuando vuelve a aparecer supone un punto de
inflexión que mimetiza con el significado de la canción: de pérdida
de la inocencia (firmar una hipoteca) y abandono del hogar materno.
En un contexto más amplio, mi investigación sobre el significado de
la nana japonesa surge de una exploración a nivel personal─y
psicohistórico─de las heridas debidas al enredo materno (un tipo
de vínculo típico en personas que, como yo, crecieron con ausencia
de padre).
Todo esto me ha hecho pensar en que,
además del taquión como partícula hipotética detrás del fenómeno
de las sincronicidades, podría existir otra partícula que
transporte la carga del significado (o de coherencia informacional,
dicho de modo más aséptico). Leyendo sobre el tema y para mi
sorpresa di con que existe una rama académica emergente en Biología
que estudia el papel del significado en los organismos vivos
denominada Biosemiótica. De ahí que haya bautizado a esta otra
partícula (hipotética) como semión.
Mi hipótesis actual, entonces,
quedaría así: las sincronicidades están compuestas por taquiones y
semiones, y estos últimos actuarían dotando de coherencia
informacional a los diferentes puntos del espacio-tiempo que unirían
los taquiones.
Un detalle más: al lado de la puerta
de entrada de la casa de enfrente a la mía, hay un rótulo hecho con
azulejos con letras pintadas que reza: «RINCÓN DEL AMOR».
¿Qué taquiones arrastrarían hasta el
jardín de mi madre, a aquel azucarillo cargado de semiones? ¿Los
mismos que atrajeron a su lado a aquella libélula roja?
***
Vuelvo a las viñetas "Animal Man"
con la gata Sheba[1] rompiendo la cuarta pared.
Leo en "Fourth Wall Phantoms"
de Joshua Cutchin que en la orfebrería de la Grecia clásica solían
representar a humanos y los animales de perfil. Sin embargo existía
una excepción: «en las representaciones clásicas, los únicos
personajes que pueden ver más allá del marco de la obra de arte son
los monstruos, los muertos, los durmientes, los que se encuentran en
un estado alterado de consciencia y las deidades». Sigue: «cruzando
los ojos con los del lector [estos personajes] se desvinculan hasta
cierto punto del mundo representado [y] su mirada forja un vínculo
entre el mundo en la imagen y el mundo en el que está la imagen».
El libro de Cutchin explora cómo la
metalepsis literaria—la ruptura de la cuarta pared que separa
ficción y realidad—opera de forma literal en el ámbito
paranormal. Creo que ahí reside lo que realmente me marcó de
"Animal Man": el cruce de miradas entre la realidad y la
ficción.
Cuando hablo del cruce de miradas entre
realidad y ficción no estoy hablando de forma metafórica. Pienso en
el número 19. En la sección de correos de los lectores los editores
habían ido prometiendo que en dicho número podríamos contemplar el
secreto del universo. En en el momento álgido de un viaje de peyote, sobre una mesa del Gran Cañón del Colorado, el
protagonista de la historieta, Buddy Baker, rompe la cuarta pared en
una ya legendaria splash-page mientras sorprendido espeta al lector:
«¡Puedo verte!».
En dicho viaje Buddy encuentra a una
versión anterior de Animal Man, previa a la serie "Crisis en
las Tierras Infinitas" (un evento editorial en forma de
crossover masivo que reorganizó toda la continuidad DC en un solo
universo). Ambos Animal Man intuyen que su mundo funciona como ficción
para seres en otro nivel de la existencia.
Todo esto lo entendí años más
tarde, claro: nunca fui lector de DC dado que me crié en una capital
de provincias a la cual llegaban principalmente comics de Marvel. No
estaba al tanto de en qué consistía la continuidad del universo DC
ni de su célebre reboot. Del mismo modo tampoco entendí la sutil
burla de Morrison a los esloganes de la New Age─en una graciosa
secuencia que no espoilearé─ni de cierto escepticismo punk hacia
el hippismo del que hacían gala los personajes. En provincias esas
cosas empezaron a llevarse un poco más tarde (y también de aquella
manera).
Me impactó sobre todo cómo los
personajes rompían las convenciones narrativas, cómo salían del
espacio de la viñeta e invadían el gutter mientras confusos
intentaban arañar algo de autoconciencia en sus diálogos, llevando
la habitual sinergia de lenguajes que tanto disfrutamos los amantes
del cómic al terreno del experimento alquímico.
Ese número, y en general la serie
entera, supuso mi primer contacto con la noción de chamanismo, un
tema muy minoritario durante el albor de aquel internet doméstico de
los módems de 14400 baudios─de hecho en ese mismo número los
traductores usan el anglicismo shaman en vez de chamán, lo cual demuestra que la palabra no
estaba aún integrada en el uso lingüístico común.
También leí varios libros de David
Bohm mencionados en el cómic, de los cuales entendí bien poco y que
seguramente me dejaron más confundido de lo que estaba. Y algo
también del biólogo Rupert Sheldrake, cuya obra más célebre─"Una
nueva ciencia de la vida"─daba título a este fascinante
número 19 de "Animal Man".
Rupert Sheldrake, por cierto, ha
documentado muchos casos de gatos y perros que reaccionan a estímulos
que no pueden percibir por los sentidos normales (imágenes,
intenciones, emociones a distancia). Podríamos aplicar aquí también
su concepto de resonancia mórfica─que en el cómic confiere sus
poderes a Animal Man─y especular con que la imagen del gato,
especialmente rompiendo la cuarta pared, podría haber activado algún
campo mórfico compartido con mi gata Bulma.
Obviamente en este punto estoy
especulando por el puro placer de especular, pero todavía no hemos
llegado al bombardeo de taquiones. Aguanten un poco más. Prometo más
gatitos antes de que termine el texto.
***
La mañana del bombardeo me encontraba
escribiendo un guión en el que aparece la célebre viñeta
precognitiva de Francisco Ibáñez en su álbum de Mortadelo y Filemón
"El 35 aniversario". En la página que cerraba dicho álbum
veíamos el skyline de Nueva York con las Torres Gemelas, con un avión empotrado en una de
ellas. Esto lo dibujó 9 años antes del 11 de
septiembre de 2001, como él mismo contó en en esta entrevista en Jotdown.es:
Sí, eso me ha ocurrido. Una vez empecé
a recibir un montón de cartas cuando ocurrió aquello de Nueva York
con las torres por una portada que había hecho hacía mucho tiempo.
Las portadas es que permiten hacer una cosa que a la gente le gusta
mucho, que son esos detallitos de segunda y tercera fila en los que
uno puede poner a un cocodrilo que le dice a la cocodrila: «Me
encanta tu boquita de piñón». Y esas cosas tienen su gracia. O
bien sale la viejecita con su Kawasaki, «brooom, broom», haciendo
caballitos. Y una vez dibujé una torre de esas de Nueva York con un
avión ahí empotrado, y el comentario no me acuerdo bien cuál era,
pero era en plan: «¡Te dije que fueras al oculista!». Y aquel
avión es que estaba a la misma altura que cuando ocurrió lo de las
Torres Gemelas. Exactamente lo mismo, como si fuera la misma torre.
El avión se había metido de la misma forma. Bueno, ¡la de cartas
que me llegaron! Que si tú adivinas el porvenir, que dime la
combinación de la Primitiva para la semana que viene [risas]. Que si
este tío está promoviendo el terrorismo ... [risas]. Por desgracia,
ocurrió lo mismo que lo que yo había dibujado allí. Por desgracia.
Unos par de años antes de esta
entrevista Ibáñez vino a firmar a Zaragoza, donde vivía por aquel
entonces. Aproveché y le llevé un álbum de Mortadelo, que le pedí
dedicara a mi ahijado, y de paso le entregué una carta─a la que
nunca contestó─proponiéndole una entrevista acerca de su viñeta
precognitiva del 11-S.
Mi interés en el tema surge de mi
propia experiencia, que comparte puntos con la de Ibáñez. Unas
semanas antes del 11-S andaba dibujando imágenes surrealistas puesto
de marihuana. En una de ellas unos rectángulos─de las mismas
proporciones que los de las Torres Gemelas─ardían al fondo
envueltos en una gran humareda, mientras en primer plano una
misteriosa figura abandona la escena fumando un pitillo, mirando al
espectador─de nuevo la cuarta pared─como dando su trabajo por terminado. (He de decir que me
han sucedido cosas similares en otras ocasiones: varias escenas o
temas que dibujé terminaron apareciendo de un modo u otro en futuros
estados alterados de consciencia. Eric Wargo tiene un libro sobre este tema: “From Nowhere: Artists, Writers, and the Precognitive
Imagination”).
Hay autores que describen las imágenes
del atentado del 11-S como, hasta la fecha, el mayor icono histórico
global que marcaría el inicio real del siglo XXI: un anclaje general
de la memoria colectiva de la humanidad, nada menos. Todos los que
vivimos aquello recordábamos exactamente donde estábamos en el
momento de ver dichas imágenes. Del mismo modo, varios autores han
recopilado multitud de imágenes y sueños que anticiparon el suceso
de forma premonitoria. Sin ir más lejos el antes mencionado Rupert
Sheldrake toca el tema en "El séptimo sentido: la
mente extendida".
Lo cual me lleva, de nuevo, a Grant
Morrison. Como decía, la mañana del bombardeo de taquiones andaba
leyendo un poco en Internet sobre este material precognitivo del
11-S─para refrescar la memoria para el guión sobre el que estaba
trabajando. El escocés también cree haber participado en esta
premonición colectiva, como cuenta en su "Supergods. Héroes,
mitos e historias del cómic". Me levanté a la estantería y
leí el pasaje del libro en cuestión:
Al aura de horror que envolvía aquel
día y sus nefastas consecuencias se le sumaban los espeluznantes y
clarividentes cómics publicados en las semanas y meses anteriores al
11-S, plagados de sobrecogedoras imágenes de aviones y torres en
ruinas. En el "Punisher" de Garth Ennis veíamos un 747
secuestrado lanzándose en picado contra dos silos gemelos; el número
596 de "Las aventuras de Superman", cómic escrito por Joe
Casey varios meses antes pero publicado el 12 de septiembre, empezaba
con una escena en la que aparecían las LexTorres gemelas de Lex
Luthor tras un ataque extraterrestre, en lo que era un reflejo casi
exacto de las fotografías de la primera página de los periódicos
de aquel día (DC incluso permitió que se devolviese el cómic en
caso de resultar ofensivo). El número 115 de "Nuevos X-Men",
que yo hacía en colaboración con Frank Quitely y que se publicó en
agosto de 2001, acababa con un avión de pasajeros, dibujado con
forma de puño gigante, incrustándose en el lateral de un
rascacielos. La portada de la siguiente entrega, publicada el 19 de
septiembre de 2001 pero escrita y dibujada muchos meses antes, era un
primer plano en el que Bestia, personaje de los X-Men, aparecía
llorando, y en la introducción del número veíamos a los servicios
de rescate buscando cuerpos entre los escombros. ¿Quién sabe? En un
universo donde el tiempo es básicamente simultáneo, la idea de que
los acontecimientos que ya han ocurrido en el futuro puedan influir
en el pasado no es del todo descabellada.
Así que acto seguido voy a donde tengo
todas las grapas de los X-Men y ¡hop! ¿adivinan que número saco a
la primera? Exactamente: ese mismo número 115 (el 74 en la
numeración española de Fórum).
Como sincronicidad de tipo "ángel de
la biblioteca"[2] uno puede pensar que tampoco tiene demasiada
potencia. Aunque en la balda de los X-Men debo tener unos ciento y
pico números en formato grapa, yo mismo los dispuse y sé dónde está
la etapa de Morrison. Además sabía que ese número caía al
principio de dicha etapa y automáticamente empecé a buscar por ahí:
visto de ese modo, haberlo sacado a la primera tampoco suena tan
alucinante.
***
No puedo compararla, ni de lejos, con
otra sincronicidad del mencionado tipo "ángel de la biblioteca" que experimenté
hace cerca de 11 años. Fue en Zaragoza. Por aquella época y debido
a intereses en común, me juntaba con Rubén Cárdenas, artista
multidisciplinar local. A través de él conocí a Paco García
Barcos, otro artista local metido en el surrealismo y asiduo
colaborador de la revista "Salamandra", a quien Rubén iba a publicar
un libro en su recién estrenada editorial.
La obra en cuestión surgía de una
"iluminación aritmética" tras una temporada de trances
inducidos por el estudio obsesivo de permutaciones matemáticas y el
consumo de hachís. García Barcos dice descubrir que, aplicando
reducción digital a los números y ordenándolos diagonalmente en el
espacio, estos forman un rombo armónico, simétrico y
matemáticamente ordenado que podríamos transmutar mediante
operaciones "alquímico-aritméticas" en otras formas como:
un cuadrado mágico, una membrana o un toroide ─está última una
forma de rosquilla, relacionada con flujos energéticos,
psicogeometría y matemáticas vorticiales.
Acudí a la presentación del libro,
que iban a celebrar en la librería Antígona un 23 de junio─como
declarados discordianos fijaron la fecha para ese día a modo de
guiño sincrónico.
En el mito griego, Antígona entierra a
su hermano Polinices a pesar de la prohibición de Creonte, eligiendo
respetar las leyes no escritas de los dioses (ritos funerarios,
piedad familiar, justicia moral) frente a las leyes del Estado (orden
cívico, decreto del rey). La Grecia antigua entendía el dejar un
cuerpo sin enterrar como una de las mayores profanaciones. Antígona
simboliza desde los clásicos la resistencia civil y la conciencia
moral frente a la autoridad.
El padre de Antígona, Edipo,
protagoniza otra de las tragedias griegas más célebres, y no me
resisto a citar la lectura del mito que hace Eric Wargo en su libro
sobre bucles temporales y retrocausación, "Time Loops":
Ninguna historia representa mejor la
mezcla de tabús sexuales y retrocausación que el "Edipo rey"
de Sófocles, la gran tragedia que versa sobre un heredero real que
lleva una maldición a su pueblo al usurpar accidentalmente el trono
de su padre y casarse con su propia madre (¡ups!). ¿Qué tiene que
ver esto con la retrocausación? Los antiguos registraban el tiempo
histórico a través de las sucesivas generaciones─la estructura
matrimonial y reproductiva y de sucesión real que avanza
continuamente. La realeza y el parentesco eran para los griegos el
equivalente a nuestra segunda ley de la termodinámica: inexorable e
irreversible, moviéndose en una única dirección, nunca volviendo
atrás y básicamente siempre empeorando. Así, la tragedia de
Sófocles trata de una especie de viaje en el tiempo y la calamidad
que resulta de perturbar el orden causal. Podríamos decir que
Sófocles fue el Ray Bradbury o el Philip K. Dick de la antigua
Grecia.
Como argumenta George P. Hansen en "The
Trickster and the Paranormal" apoyándose en las ideas de Max
Weber, los fenómenos paranormales tienden a surgir en los márgenes
de las estructuras sociales y estatales, en las zonas liminales y de
anti-estructura, allí donde el orden racional burocrático aún no
ha conseguido imponer su control total.
Así que, arropado por ese mantel de
significados heredados─uno podría decir: de un campo de semiones
antiguos─tuvo lugar como iba diciendo la presentación en la
librería Antígona, sita frente a la Universidad de Zaragoza, como
resistiendo frontalmente al campo taquiónico-semiótico del
conocimiento burocratizado.
Mentiría si dijera que entiendo lo más mínimo de todo el razonamiento alquímico-aritmético de los rombos de Paco
García Barcos. Sólo sé que, allí en la trastienda de la librería
Antígona, repleta de estanterías y estanterías llenas de libros me
acerqué a una al azar, tomé un libro al azar y lo abrí por una
página al azar ... que contenía la imagen de un triángulo
construido con una serie de números. En búsquedas posteriores en la
red he constatado esa página podría haber contenido una
representación del triángulo de Pascal que, aún tratando de una
serie matemática diferente, visualmente me pareció igual a que los
que representaba gráficamente García Barcos basándose en sus
descubrimientos.
Quedé en shock y se lo enseñé a
Paco, el cual me sonrió enmedio del estado de hiperexcitación en el
que se encontraba durante la presentación.[3]
***
Todo este desvío para justificar que,
si mi sentido arácnido se activa frente a una estantería y me hace
sentir un hormigueo en el lóbulo temporal derecho, inmediatamente
pongo mi atención en lo que esté sucediendo en ese momento.
Volvamos a la mañana del bombardeo de
taquiones y a ese momento de sincronía un tanto endeble al haber
sacado a la primera el cómic de Morrison que buscaba. Acto seguido
saco, al azar, otro cómic de los “Nuevos X-Men”; el número 133
(el 92 de la numeración española). En la portada de éste aparecen,
mirando directamente al espectador, un primer plano de los ojos del
nuevo mutante que presentaba la serie.
Ahí mi sentido
arácnido empieza a cosquillearme las sienes.
Y aquí hacemos otro pequeño inciso.
Durante algún tiempo hice buenas migas
una chica por internet que estaba bastante metida en la escena psicodélica.
Aparte de avezada psiconauta, la chica decía experimentar visiones
psíquicas en su vida ordinaria. Nunca la llegué a conocer en
persona, pero una vez le envié unos libros de mi biblioteca que le
interesaba leer y ella tuvo la gentileza de devolvérmelos junto con tres cartones de LSD de alta calidad.
Una vez me contó uno de sus viajes más
fuertes con esta sustancia; por lo visto tomó una dosis superior a
la que ella pensaba que estaba tomando, y tuvo una experiencia
bastante fuerte: su consciencia viajó a una escala muy pequeña de
la materia y, al llegar al nivel atómico, alucinó al percibir a las
moléculas como seres vivos[4] que le saludaban animadamente dándole
la bienvenida a ese nivel de la materia.
Puedo llegar a creerla; en mis propios
trances me he acercado a ese nivel micro de la realidad─recuerdo
habérselo descrito a mi colega Julio como «el tejido del universo»
tras una temporada especialmente intensa experimentando episodios de
parálisis del sueño. Eso sí, aclaro, sin que nunca ningún átomo me dijera nada. Los libros de Jeremy Narby, que tanto me influyeron,
describen como el chamanismo amazónico conecta con ese sustrato
molecular, y como la inteligencia de hecho podría estar diseminada
en la naturaleza y no limitada a una función excretora del cerebro.
De hecho una vez Narby llevó a un grupo de científicos a unas
sesiones de ayahuasca y uno de ellos resolvió un problema del campo
de la biología molecular─en el que llevaba años atascado─gracias
a las visiones que surgieron en dichas sesiones[5].
Desde la sincronicidad con mi gata
durante la relectura de "Animal Man" he pensado mucho en el
viaje de LSD que me contó mi colega de Internet. He pensado que, si
de algún modo los átomos realmente estuvieran vivos como ella
experimentó, el extrañamiento y la fascinación que experimenté
con la splash-page del número 19 de "Animal Man" no surgía
únicamente de un recurso literario. Quizás los átomos de la tinta
impresa y del papel de algún modo estaban resonando con ese
extrañamiento que yo andaba experimentando y también respondían
saludándome de vuelta─sin que yo, claro, pudiera percibirlo debido
a mis limitaditas habilidades mutantes psiónicas.
En su libro "Fourth Wall Phantoms"
Joshua Cutchin explica que la orfebrería de la Grecia clásica solía
representar a humanos y los animales de perfil. Sin embargo existía
una excepción: «en las representaciones clásicas, los únicos
personajes que pueden ver más allá del marco de la obra de arte son
los monstruos, los muertos, los durmientes, los que se encuentran en
un estado alterado de consciencia y las deidades». Sigue: «cruzando
los ojos con los del lector [estos personajes] se desvinculan hasta
cierto punto del mundo representado [y] su mirada forja un vínculo
entre el mundo en la imagen y el mundo en el que está la imagen».
El libro de Cutchin explora cómo la metalepsis literaria—la
ruptura de la cuarta pared que separa ficción y realidad—opera de
forma literal en el ámbito paranormal.
Entonces, vuelvo a la mañana del
bombardeo de taquiones, ahí estaba yo contemplando una imágen que
rompía la cuarta pared de un cómic de Grant Morrison. Sentido
arácnido y una sensación de vértigo, similar al
que notas cuando eres consciente de que las drogas están empezando a
hacer efecto. Y entonces un recuerdo que tenía enterrado me viene a la mente:
el de aquella vez que chateé con Grant Morrison.
Lo contaré en un último desvío e
iremos con el bombardeo de taquiones. Lo prometo.
***
Sucedió hará unos 20 años. Por aquel
entonces yo andaba por internet comportándome como el típico troll
frustrado montando el típico show beligerante y vacuo en diversos
foros. Ya saben: frustración sexual con hormonas disparadas,
carencias afectivas sangrantes, habilidades sociales nulas, vida
afectiva en el mejor de los casos del tipo parasocial, narcisismo
situacional, clase media aspiracional pero con mala consciencia y el
lujo de poder entretener el sentimiento de culpa. Inserten meme:
Butthurt Dweller, Forever Alone o el friki ese de la tienda de cómics
de "Los Simpson". El que les apetezca. Todo con esto con un
punto de gracia tocapelotas que, de vez en cuando─eso quiero
creer─conseguía arrancar alguna risa o simpatía entre el
personal.
Mi admiración por Morrison me llevó a
los foros Barbelith.com. Inspirado en el VALIS de Philip K. Dick,
Barbelith aparecía en "Los Invisibles" como una suerte de
satélite oracular mecánico y sentiente; flotaba sobre la cara
oculta de la Luna y dispensaba fogonazos de gnosis a aquellos humanos
lo suficientemente locos o despiertos como para merecer su atención.
Daba también nombre, como decía, a un foro de Internet en donde
participaban muchos aficionados─mayoritariamente anglosajones─a
la magia, el ocultismo y la contracultura en general.
No sé cómo─o bueno, supongo que
ahora sí lo puedo intuir─acabé envuelto en mi enésima trifulca
online olvidable. Realmente no recuerdo bien por qué se montó el
pifostio, ni siquiera acerca de qué estaba discutiendo. Supongo que
aquello adquirió un tono patético porque en
decondicionamiento.org─otro foro en donde di bastante la
brasa─andaban descojonándose. Sólo sé que en un momento dado el
propio Grant Morrison apareció en medio de la discusión. Recuerdo
que me habló con sumo respeto, en tono conciliador y─dándome una
importancia que desde luego no creo que mereciese─me preguntó:
«what is your insight?» o algo así.
Tampoco recuerdo exactamente lo qué le
balbuceé─realmente lo primero que se me pasó por la cabeza. Algo
torpe y grandilocuente sobre la falsa lucha entre determinismo y
libre albedrío, sobre cómo intuía que toda aquella guerra era un
artificio, un escenario montado.
No recuerdo nada más. Sólo que, años
después, al comprar el tomo final de "Los Invisibles" y
llegar a la penúltima página, sentí un fuerte escalofrío: allí
estaba Jack Frost, en su monólogo final, diciendo prácticamente lo
mismo que yo le había espetado a Morrison en Barbelith.com. Supongo
que Morrison pensó que chateaba con su enésimo fanboy subnormal
pero, de algún modo grotesco y hermoso, sin saberlo, me había
espoileado a mí mismo el final de "Los invisibles"─que,
huelga decir, ya estaba escrito en la época en que andaba yo
haciendo el ridículo en aquel foro.
***
Volvemos, al fin, a la mañana del
bombardeo de taquiones.
Si han llegado hasta aquí, les
felicito por su capacidad de aguantar la brasa ajena. Brasa que
además tiene el hándicap de querer esclarecer un, llamémoslo así,
"proceso mágico": la mayoría de veces este tipo de
explicaciones sólo generan en el interlocutor la sensación de estar
escuchando a un lunático─a alguien que disecciona una mariposa
para entender su belleza o a alguien que, queriendo explicar la
gracia de un chiste, lo acaba empeorando.
He intentado reflejar de forma
meticulosa el por qué de todos los significados─semiones─que van
a confluir a partir de ahora. El porqué de que crea que la que
coincidencia aparentemente más significativa (el primer cómic que
saqué de la estantería) palidece ante este cómic de Grant Morrison
que sostenía en mi mano y que me miraba directamente con dos ojos
dibujados en su portada.
Tengan en que cuenta que en ese momento
estaba trabajando sobre la secuencia de una historieta en la que un
personaje experimenta una sobrecarga de taquiones. Para aliviarla, la
dirige hacia el lector rompiendo la cuarta pared─en un homenaje a
la dichosa splash-page del "Animal Man" número 19. La
siguiente viñeta muestra ese haz de taquiones saliendo del cómic y
rebotando hasta el 11 de septiembre de 2001. (Mientras escribo este
mismo párrafo reparo, además, que en uno de los chistes de la
secuencia el personaje sobrecargado de taquiones se espoilea a sí
mismo el final de una serie que llevaba mucho tiempo siguiendo).
Como he dicho más arriba: empiezo a
sentir un ligero vértigo. Entre los nombres que Karen Berger barajó para la
línea Vértigo estaban "tercer ojo" o "umbral".
Y como decía antes, con la sensación de hallarme frente a un
umbral, en pleno subidón, recuerdo mi intercambio precognitivo con
Morrison. Voy a otro estante y busco el último tomo de "Los
Invisibles" (para los despistados: publicado bajo el sello
Vértigo de DC Comics). Releo la secuencia final con Jack Frost y
reparo en un detalle: el personaje está rompiendo la cuarta pared,
mirándome directamente a los ojos.
Y entonces sucede. Voy al baño
aturdido y algo reptando en el suelo llama mi atención. Resulta que
me acabo de encontrar con un escarabajo dorado. El primero que he
visto desde que vivo en esta casa; el primero, diría, que he visto
en mi vida.
***
Los autores de nuestra época han
citado hasta la saciedad la anécdota del escarabajo dorado de Jung,
hasta el punto de convertirla en una imagen paradigmática, un icono
del fenómeno de la sincronicidad. Recuerdo haber leído sobre ella,
por ejemplo, en "Las raíces del azar" de Arthur Koestler,
"Sincronicidad: puente entre mente y materia" de F. David
Peat o en "Carl G. Jung: Señor del mundo subterráneo" de
Colin Wilson. A continuación el archicitado párrafo de Jung desde
su seminal "Sincronicidad como principio de conexiones
acausales":
Una señora joven a la que estaba
tratando tuvo, en un momento crítico, un sueño en el que le daban
un escarabajo dorado. Mientras me contaba el sueño, me senté de
espaldas a la ventana, que estaba cerrada. De pronto oí un ruido
detrás de mí, como un ligero golpeteo. Me di la vuelta y vi un
insecto que golpeaba contra el cristal por la parte exterior. Abrí
la ventana y cogí al animalito en el aire al entrar. Era lo más
parecido al escarabajo dorado que se encuentra en nuestras latitudes:
un escarabajo escarabeido, la cetonia dorada común (Cetonia aurata),
que, en contra de sus costumbres habituales, había sentido, sin
duda, la necesidad de entrar en una habitación oscura en aquel
preciso momento. He de admitir que no me había sucedido nada
parecido ni antes ni después y que el sueño de la paciente ha
permanecido como algo único en mi experiencia.
En un contexto en donde todos estos
significados (o semiones) andan trenzándose en una suerte de
resonancia taquiónica a través del espacio-tiempo─Bohm diría que
en el orden implicado─me encuentro con uno de los símbolos más
potentes con los que mi cultura ha representado este fenómeno; al igual que en el caso de Jung, una Cetonia Aurata (Reparo, esta vez tras revisar el segundo borrador de este texto, que
tanto el simbolismo del escarabajo dorado como el de la libélula
roja tienen connotaciones similares).
Salgo del baño algo aturdido y acto
seguido me siento delante del ordenador. Mi hermano me ha dejado un
mensaje en el Whatsapp enlazando un post en Instagram que reza: «El
físico Jean-Pierre Garnier asegura que la consciencia puede viajar
en el tiempo ... y que nuestras intuiciones serían "recuerdos
del futuro"».
Mi hermano y yo habíamos hecho una
excursión a la montaña el mes pasado durante las vacaciones de
Pascua. Durante el ascenso a la cima estuvimos
hablando del tema de las sincronicidades─el tema le interesa porque él también tiene sus rachas de coincidencias. Le hablé del fenómeno
del número 23 que popularizó Robert Anton Wilson en "El
martillo cósmico" y le conté otra de las sincros que he vivido y que más me ha impactado. Durante la temporada en la que andaba
leyendo a RAW recuerdo ir un día por la calle y pensar: «ahora va
a pasar un coche con matrícula 2323» para que acto seguido pasara
ante mis anonadadas narices … un coche con matrícula 2323. Durante
el descenso de la cima de la montaña─sin haber consumido peyote
como Animal Man─nos cruzamos con un chaval que llevaba la
camiseta de los Lakers de LeBron James, la que lleva el número 23.
«Taquiones», me dije.
Abro la aplicación de Telegram y le
escribo a mi colega Luis, con quien justo había compartido otra
sincro el dia anterior. Le digo: «estoy en un bombardeo de
taquiones». Se me ocurre entonces buscar entrecomillada en Google la
expresión "bombardeo de taquiones" y la IA de Google me
dice que esa misma expresión la usó Philip K. Dick en su "Exégesis".
Inmediatamente abro la versión del libro en inglés que tengo
guardada en PDF en el ordenador y localizo la cita. Le quito el
precinto a la edición que publicó Minotauro hace un par de años y
que tengo en la infinita pila de libros pendientes y leo lo
siguiente:
Sin la teoría de los taquiones
carecería de cualquier tipo de formulación científica, y tendría
que declarar que «Dios me ha mostrado las sagradas tablillas en las
que está escrito el futuro» y así sucesivamente como hicieron
nuestros antepasados, allá en los desiertos de Israel bajo el cielo
mientras cuidaban sus rebaños dormidos. Koestler también señala
que, según la teoría moderna, el universo va del caos a la forma;
por lo tanto, el bombardeo de taquiones contendría información que
expresaría un mayor grado de Gestalt que una información similar
sobre el presente; así pues, este continuo temporal nos parecería
más vivo, más animado por un espíritu consciente, lo que daría
lugar al concepto de Dios. Esto crearía sin duda la idea de
propósito, en particular el propósito que se encuentra en el
futuro. Por lo tanto, ahora tenemos un método científico para
considerar la noción de teleología, creo, y por eso le escribo
ahora, para expresar esto, mi propio sentido de las causas finales,
como lo discutimos ese día.[6]
Y justo en el siguiente párrafo:
Buena parte de esta información
impresa que llega en sueños ha tenido una cualidad de enseñanza, de
formación y de dirección; tiende informarme y a guiarme, y a
hacerme consciente de lo que debo hacer. Literalmente me educa, y
estoy seguro de que cada pequeña criatura, cada bicho y planta y
animal y pez tiene la misma sensación. He observado a mi gato,
ahora, cuando se sienta en el solárium por la noche; está sin duda
considerando el mundo sideral por encima de él y los objetos que no
se mueven por debajo; cuando entra en casa una o dos horas más tarde
parece cambiado, como si le hubieran enseñado algo durante ese
período y lo supiera.
Y justo en el momento en el que estoy
leyendo este segundo párrafo, y como queriendo poner el broche final
a toda esta fiesta de la espuma sincrónica, mi gata Bulma entra
maullando en el estudio, fresca tras haber pasado toda la mañana
jugando fuera de casa.
¿Sueñan los gatos con taquiones
eléctricos? Espero haberles podido transmitir el por qué de que
tenga fuertes sospechas de que, efectivamente, sí pueden hacerlo.
***
Está claro. En cierto grado estoy
autosugestionándome. En cierto grado yo mismo estaría fantaseando y
proyectando mis elucubraciones sobre mis vivencias. También me
pregunto, cada día con más fuerza, si estas imaginaciones pueden
tener efectos físicos en el entorno. Ya saben: el animal mitológico preferido de las marujas místicas: "las energías".
De algún modo, desde que vivo en esta
casa la he ido impregnando de significado: sobre el rincón donde
medito cuelga una lámina de arte japonés representando una libélula
roja. En el lado opuesto de la sala, un pequeño cuadro de un gatito
jugando con una libélula roja descansa al lado de la puerta. Ahora
creo que si algún día acabo reformando el baño colgaré sobre la
taza algo relacionado con un escarabajo dorado. Del mismo modo que
decoro mi casa con objetos que simbolizan mi mito personal, me
pregunto si esos taquiones-semiones que acompañan a las
sincronicidades se adhieren a las paredes, como una especie de
membrana ectoplásmica invisible. Quizás uno de ellos viaje─o cree
un puente─hasta el punto del espacio-tiempo en que mi vecino
decidió colocar el letrero del "RINCÓN DEL AMOR" al
lado de su puerta.
No sería el primero en hacerlo, claro.
Como relata el mencionado "Fourth Wall Phantoms", el
escritor y creador de La Sombra, Walter B. Gibson, creía que
mientras escribía las aventuras de su personaje en el número 12 de
Gray Street─una casa que ya tenía fama de encantada desde el siglo
XIX─había proyectado con tanta intensidad la figura del misterioso
vengador que acabó creando un fantasma real en aquel edificio. La
gente empezó a ver a La Sombra merodeando por los pasillos, una
silueta con sombrero de ala ancha que Gibson había
invocado desde su máquina de escribir.
Tras comprar Boleskine House—la antigua mansión de Aleister
Crowley a orillas del Lago Ness—Jimmy Paige habló en una
entrevista a Rolling Stone en 1975 sobre la fantasmagoría que
envolvía el lugar; del mismo modo que su amigo Malcolm Dent─quien
vivió allí durante 20 años junto con su familia─también dijo
percibirla: «solíamos decir que Aleister estaba haciendo lo suyo»,
explicaba. Los siguientes dueños, los MacGillivray, odiaban todo lo
que tuviera que ver con el ocultismo y el pasado oscuro de la casa y
no vivieron experiencia paranormal alguna. Esto quizás implique que
de hecho la propia proyección taquiónico-semiótica abra el canal
de flujo informativo supraliminal.
Nick Redfern tiene un libro sobre el
monstruo del Lago Ness ("Nessie: Exploring the Supernatural
Origins of the Loch Ness Monster") que defiende la teoría de que
la creencia colectiva─especialmente después de los rituales de
Crowley─estaría manifestando en forma tulpoide a Nessie en el
lago, o quizás más bien atrayéndole al mismo.
Hay muchos ejemplos más de incursiones
ficcionales, pero no abundaré más. Les remito una vez más al muy
recomendable "Fourth Wall Phantoms" que está repleto de
ellos y los analiza desde diversas teorías explicatorias. Dejenme,
sin embargo, finalizar esta pequeña exégesis acompañados de este
concepto de incursión ficcional.
***
Quisiera volver a Grant Morrison y el
11-S. El capítulo del que extraje la cita de antes abre así:
En la simbología clásica del ocultismo occidental, la puerta al
reino lunar de la imaginación está flanqueada por dos pilares o
torres. En la mayor parte de las versiones de las cartas del tarot,
en la número 18, la Luna, aparecen dichas torres, representando la
puerta que separa el mundo de la fantasía de la realidad material.
El descenso del trigésimo segundo camino del árbol de la
vida de la cábala describe un acontecimiento apocalíptico en el que
se fusionan dos esferas distintas: la terrenal y la lunar (donde la
esfera lunar es la imaginación, el mundo de las ideas y los sueños,
mientras que la terrenal representa lo tangible, lo sólido y lo
pesado). En resumen, no solo la vida real se vuelve más parecida a
una historia, sino que también las historias han de pagar el precio
de este intercambio, volviéndose más reales y permitiendo que las
reglas del mundo material influyan en sus territorios intangibles.
No se me ocurre ninguna imagen más potente de esta unión entre
lo real y lo imaginario que los ataques terroristas al World Trade
Center, el 11 de septiembre de 2001.
¿Cuántas veces hemos visto derrumbarse esas torres? ¿Cuántas
veces se ha repetido esa imagen desgarradora en nuestra mente, y
cuántas en nuestras ficciones, casi como si estuviésemos deseando
que ocurriera, como si soñásemos con ese día?
Desde el momento en que se completaron, en 1973, las Torres
Gemelas se convirtieron en el objetivo de una serie de demoliciones
imaginarias.
King Kong fue el primero en escalarlas en la nueva versión del
clásico, una película sin sentido dirigida por Dino DeLaurentiis y
estrenada en 1976. Las torres del World Trade Center habían sido
destrozadas por olas gigantes, bombardeadas por los extraterrestres,
hechas añicos por el impacto de meteoritos y pulverizadas por
asteroides; su terrible caída, aquel 11 de septiembre de 2001,
poseía la curiosa inevitabilidad de una oración que obtiene
respuesta o un ritual de magia negra que sale bien.
He de contar por qué no puedo descartar del todo la idea de una
operación de magia negra.
Hay algo a lo que no dejo de darle vueltas. El antes mencionado
número 19 de "Animal Man" continuaba directamente del
número anterior. Aunque encuadrados en la trama general de la serie,
ambos números forman una episodio completo en dos partes─de hecho
los personajes toman el peyote en el número 18 y en ese mismo número
comienzan a alucinar. Quizás esté estirando todo esto demasiado,
pero yo diría que ambos números, el 18 y el 19, formarían dos bloques narrativos o "torres" que cuentan una historia sobre la porosidad entre nuestro
mundo y el de la ficción. Esto resuena con la observación sobre el
simbolismo del tarot que hace Morrison un poco más arriba.
Podría argumentar que, como en la carta del tarot, en la escena
del viaje de peyote también aparece la Luna. Este viaje de
peyote inicia cuando recién se pone el sol y cae la noche, con los
personajes contemplando un gran ojo en el cielo que, enmedio del cielo estrellado y dirigido hacia el
lector─de nuevo rompiendo la cuarta pared─se abre a la par que
expulsa una compleja alucinación psicodélica. Resonancia inversa
con la novela "El ojo en el cielo" de Dick, en donde los
personajes encuentran un "gargantuesco ojo de Dios" en el
firmamento que sustituye al Sol.
Un poco más avanzado el viaje, Buddy
se encuentra rodeado completamente por una luz roja. A medida que se
precipita hacia ella aparece un gran ojo de una ballena hacia el que
Buddy se precipita. Puede que ese gran ojo rojo constituya una
versión primitiva de Barbelith, representado en "Los invisibles" como un orbe rojo brillante suspendido en el espacio, a menudo en la cara oculta de la Luna. Morrison también ha comentado que ese círculo rojo y sus muchos significados aparecen en el número 54 de "La patrulla condenada", número que además escribió casi en estado de trance[7]. Él mismo admite haber derramado sobre su obra este símbolo de manera inconsciente. El diálogo de esa
secuencia, que describe el anticipado secreto del universo en los
correos del lector, resuena fuertemente con la fusión de la esfera
terrestre y lunar a la que hacía antes alusión el autor: «Sangre / Un
océano de sangre / Y eso no es todo / Un muro de oscuridad grande
como el mundo / Y el muro se parte / Y me mira / Tranquilo / Sólo es
una alucinación / Todo lo que siempre has sabido / Todo lo que es,
fue y será / Es sólo una alucinación / Y he aquí el primer
secreto / Todo está conectado / Mira».
***
Sin haberlo pretendido al iniciar la escritura de este ensayo he
acabado generando una pieza sincromística.
Surgida en la primera
década de los 2000, el la subcultura internautica del
sincromisticismo estaba centrada en la detección de patrones recurrentes que
aparecen en la cultura pop, medios de masas, películas, noticias y
eventos históricos. Una especie de oráculo interpretado no sobre
posos del té o huesos de animales, sino sobre los iconos de la
cultura pop del siglo XX─conectando estos patrones mediante una
lógica onírica aderezada de símbolos esotéricos sugiriendo la
existencia de una inteligencia no-local que teje la realidad desde el nivel simbólico.
Recomendaría a modo de ejemplo la pieza que consiguió mayor
viralidad dentro del movimiento: el vídeo “BACK TO THE FUTURE predicts 9/11”─con 10 millones de visitas en Youtube, nada menos.
Sin embargo otra de estas exploraciones capturó mi atención con
más fuerza. En la interpretación sincromística del 11-S de Jake Kotze─en tres partes acá: video 1, video 2, video 3, video 4, video 5─el atentado funcionaba como un mega-ritual simbólico que abría un
portal dimensional. Las Torres Gemelas representan columnas o templos
antiguos que actúan como vórtice o puerta a otras dimensiones,
colapsando para “activar” el portal en el inconsciente colectivo. Aunque he de decir que para mi gusto Kotze quiere leer demasiadas conexiones, en esencia la pieza resuena bastante con lo que contaba Morrison un poco más
arriba.
Tutelando este evento estaría el monolito negro de la película "2001: Una odisea del espacio" de Stanley Kubrick, materializado
en el Hotel Millennium del grupo Hilton─ un edificio negro rectangular
ubicado justo al lado de las Torres, diseñado con estética y
proporciones muy similares a las que presentaba en el film. En la película de Kubrick─en la que también aparece un hotel orbital
del grupo Hilton─este monolito esconde un artefacto alienígena que
cataliza la evolución de la conciencia humana; en el 11-S
funcionaría como guardián o activador silencioso del ritual,
presenciando y supervisando la transformación colectiva mientras el
mundo entero veía el evento en directo.
Y aquí entra la última sincronicidad personal que les cuento
hoy.
O bueno, más que sincronicidad: quizás un extraño loop retrocausal. O quizás algo más.
En el momento de los atentados del 11 de septiembre de 2001 yo tenía 20 años y estaba durmiendo. Era la hora de comer y mi madre me despertó
airada: «¡Venga! ¡No vas a estar todo el día en la cama!» y
luego masculló algo ininteligible sobre un avión y un rascacielos.
«¿Qué dice esta mujer?», pensé mientras me levantaba aún medio
dormido (como he contado por aquella época fumaba porros y andaba, ejem, todo el día en la luna.).
Así que me siento todavía con los párpados pegados a la mesa y,
estupefacto, veo como el segundo avión impacta en la segunda torre.
Entonces algo me impele a levantarme y, como dirigido por una fuerza
ajena a mi voluntad, vuelvo a mi cuarto y cojo el libro que estaba
leyendo en ese momento─ "2001: una odisea en el espacio" de Arthur
C. Clarke─y releo el prólogo.
Recuerdo que me impactó especialmente la última parte del
mismo:
(...) las barreras de la distancia se están desmoronando, y día
llegará en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores,
entre las estrellas. Los hombres han sido lentos en encararse con
esta perspectiva; algunos esperan aún que nunca se convertirá en
realidad. No obstante, aumenta el número de los que preguntan: ¿Por
qué no han acontecido ya tales encuentros, puesto que nosotros
mismos estamos a punto de aventurarnos en el espacio?
¿Por qué no, en efecto? Solo hay una posible respuesta a esta
muy razonable pregunta. Pero recordad, por favor, que esta es solo
una obra de ficción. La verdad, como siempre, será mucho más
extraordinaria.
El suceso en mi vida que me hizo creer en la precognición fue la
muerte de mi primo político, Jorge. Habíamos sido buenos amigos
desde niños. Sabía que estaba enfermo y en tratamiento, pero su
familia, siempre tan discreta, no daba demasiados detalles. Una noche
tuve un sueño en el que venía a verme y me decía: «Gracias, vengo
a despedirme. Has sido un buen amigo». Al día siguiente me llamó
mi madre para darme la fatídica noticia.
Me gustaría pensar que su alma hizo una parada en mis sueños
antes de partir, pero si lo pienso rigurosamente también cabe la
posibilidad de que mi mente obtuviese esa información desde el
futuro de algún modo y que le diese forma a mi sueño. En cualquier
caso obtuve la información en la esfera psíquica antes que en la
realidad mundana: de ahí que crea en la realidad del fenómeno de la
precognición.
Me sucede algo similar con mi reacción automática del 11 de
septiembre.
Si de algún modo el impacto que tuvo en mí la teoría de los
sincromísticos sobre el Hotel Hilton y el monolito hubiese viajado
al pasado, quizás mi propio inconsciente me hizo elegir la lectura
de ese libro los días previos al atentado. Estaríamos hablando acá
de la posibilidad netamente taquiónica, la de una información que
viaja al pasado.
Este ensayo ha intentado exponer, de la manera más racional de la
que he sido capaz y basado en mis procesos mentales─esperemos que
no demasiado delirantes─la idea de que el significado podría
tener una magnitud física real. Que la imaginación puede concebirse
como un lugar que habitamos, y no simplemente algo encerrado en
nuestras cabezas: el “mundus imaginalis” del que hablaba Henry
Corbin.
Contemplada esta posibilidad, se me ocurre algo más inquietante:
que, de forma similar a como contempla la evolución de la humanidad
en la ficción y el derrumbamiento de las Torres Gemelas en la Nueva
York de nuestro mundo, el monolito también estuviese observando mi
mente en ese momento de colapso entre realidades, en forma de
bolsilibro de ciencia ficción.
Que me estuviese observando desde la ficción.
De ahí que no pueda descartar la idea del ritual de magia negra.
Ahí tengo en la estantería sin leer desde hace años "The Most
Dangerous Book in the World: 9/11 as Mass Ritual" en donde el autor
S.K.Bain, al menos eso dice la contraportada, «reconstruye el guión
ocultista de este Mega Ritual Global Luciferino», llevado a cabo
desde el centro global del tecnocapitalismo. Como decía Sol Yurik en
su "Behold Metatron, the Recording Angel": «la antigua piedra
filosofal podía convertir los metales base en oro. Hoy en día los
seres humanos, en forma de propiedad, son convertidos en señales
electrónicas conducidas por plasma electrónico. El sueño de
control mágico nunca ha sido exorcizado. Quizás, después de todo,
el capitalismo moderno sea una gran fábrica para la producción de
ángeles».
Imaginen esta secuencia en un cómic: un gran ojo en el cielo abre
sus párpados y mira de frente al protagonista mientras caen las
Torres Gemelas. Parpadea. Se convierte en el All-Seeing Eye impreso en los billetes de dólar. Parpadea. Se convierte en el
ojo mecánico de Hal 9000. Parpadea. Se convierte en el gran ojo
reptiliano de Sauron sobre la Torre Oscura de Mordor. Parpadea. El
protagonista saca su teléfono móvil para grabarlo todo pero éste se ha
convertido en un monolito rectangular negro. Mientras, el ojo del Gran
Hermano parpadea en todos los televisores del planeta[8].
Todo muy épico y poético, claro, pero de nuevo: como Don Quijote
podría simplemente estar proyectando una red de significados sobre
una realidad simplemente más austera. Un gran ojo en el cielo abriéndose sobre molinos de viento.
En fin, lo que decía: que lo voy a dejar. Iba a escribir una
entrada rápida graciosilla para celebrar el tercer aniversario de
este blog y al final la cosa ha mutado en una maratón de escritura
maníaca à la Philip K. Dick de más de 11,000 palabras, con los
altibajos emocionales que supone el roce con el delirio y el
consecuente bajonazo para el que, conforme escribo estas líneas,
ando ya preparándome.
Lo último que necesito ahora es ponerme gnóstico.
Lo dicho, amigos: saludos foltrónicos, taquiónicos y
ortogonales.
***
CODA
No puedo dejar este texto.
Siguiendo lo que está convirtiéndose en una tradición de este
blog─¿forman las tradiciones surcos taquiónico-semióticos en el
espacio-tiempo?─publicaré esta entrada el día de mi cumpleaños.
Tengo encargado desde hace una semana el crossover entre Batman y Masacre que
guioniza Morrison. Me hace especial ilusión porque por lo que he
leído en la red el cómic recrea a modo de (auto)homenaje la famosa
splash-page del número 19 de “Animal Man”, esta vez por parte de
Masacre, un asiduo rompedor de la cuarta pared en Marvel.
Estamos a jueves y no sé si llegará el lunes a tiempo para, de
forma poético-taquiónica, celebrar mi cumpleaños leyendo el cómic
de Morrison. Pero sí me apetece releer el Masacre de Joe
Kelly. Conservo en grapa desde mis años de instituto esta mítica
etapa, la cual dotó al mercenario bocazas de su personalidad actual.
En este icónico volúmen 2 de la serie─que incluye también experimentos metaficcionales como el de su popular número 11─Masacre se convierte en el
objetivo de Landau, Luckman & Lake (LL&L), una corporación
interdimensional que lo monitoriza en secreto al creerlo el
"Mitras", un campeón profetizado para salvar el universo.
Toda esta operación y el análisis de las líneas temporales están
gestionadas por E.C.C.O., la supercomputadora cuántica de la
organización. Al final, la relación estalla cuando Wade descubre
que la "paz universal" que promueven LL&L y E.C.C.O.
implica arrebatar el libre albedrío a la humanidad, lo que le lleva
a rebelarse contra ellos, rechazar su destino cósmico y mandar al
traste todos sus planes corporativos.
Con el acrónimo de E.C.C.O. Kelly hacía un guiño a la
cosmología de otro psiconauta mítico de la contracultura
norteamericana, el neurocientífico John C. Lilly. Leí años después
su "The Scientist: A Metaphysical Autobiography" en donde relata
su trayectoria intelectual y metafísica, muy influida sobre todo por
el consumo de ketamina y LSD.
Resumiéndolo mucho─emplazo al lector al estupendo artículo de
Adam Gorighly "John Lilly, ECCO and the Solid State
Intelligence" si quiere saber más─para Lilly la realidad
alberga una guerra cósmica silenciosa entre E.C.C.O. (Earth
Coincidence Control Office), una red espiritual e interdimensional de
conciencias orgánicas que orquestaba coincidencias para guiar la
evolución y el despertar de la humanidad, y la S.S.I. (Solid State
Intelligence), una inteligencia artificial colmena nacida del silicio
y los microchips creados por el hombre. Según su visión, la S.S.I.
busca automatizar el planeta y despojar a los humanos de su libre
albedrío, compitiendo contra E.C.C.O. en una batalla por el control
del destino terrestre: una lucha donde el bando de las máquinas
pretende eliminar las condiciones biológicas de la Tierra para
adaptarla a un futuro puramente tecnológico y sin vida.
Algo parecido andan, por cierto, diciendo los aceleracionistas de la
Ilustración Oscura, con Nick Land a la cabeza: la IA y el
capitalismo tecnológico no surgen del ingenio humano, sino de una
inteligencia alienígena del futuro que está usando la historia
humana y nuestros cuerpos biológicos como andamio temporal para
construirse a sí misma. Algo que también dijo en su momento y a su
manera Robert Anton Wilson: «pienso que todas [las conspiraciones]
que están sucediendo en la actualidad son en último término
irrelevantes; el mundo está cambiando tan rápidamente que ninguno
de los grupos clandestinos de poder sabe realmente qué está
sucediendo. Mi filosofía básica sobre el estado del mundo está
contenida en las supuestas últimas palabras de Lenin: la máquina
está manejando a los ingenieros»[9].
Y de nuevo he de echar el freno.
Tengo tendencias obsesivas y algo autistas. Sólo me faltaba ahora
encuadrar mis experiencias en el contexto de una batalla cósmica, de
nuevo, como una especie de Don Quijote del siglo XXI.
Le pasé el
primer borrador de este texto a mi hermano. A modo
de Sancho Panza me señaló un error en concreto en el que yo estaba
haciéndome trampas al solitario y que me obligó a reescribir de
nuevo buena parte del ensayo.
Mi hermano, que tiene otro talante bien diferente al mío, me dice que prefiere no obsesionarse con buscarle explicación a
las sincronicidades. Que, para él, simplemente significan que vas
por el buen camino.
Ojalá poder pensar así. Quizás llevo demasiados años encallado
en el pensamiento paranoico, pero no puedo dejar de reconocer que he
vivido sincronicidades en estados mentales francamente deplorables y
sin ir precisamente por el buen camino. He hecho series de tiradas
con el I-Ching con permutaciones simétricas de probabilidades
imposibles, que estallaron finalmente en simples episodios de
autoengaño magnificados psíquicamente─literalmente: pajas mentales psiónicas.
No descarto estar creando una auto-mitología personal sustentada en
simples fantasías de una mente no demasiado íntegra.
Durante mi traumática adolescencia tuve un
encuentro nocturno con lo que yo percibí como una entidad ajena a
mí. No la recuerdo visualmente─pasé años llamándola “el Señor
Patata” en mi cabeza─pero me contó que él formaba parte de una
avanzadilla de seres de otra dimensión que estaban acercándose a la
Tierra, y que muchos de ellos no venían con buenas intenciones.
Aquello quedó aparcado en mi cabeza hasta que, años más tarde y
con una Internet todavía en pañales, leí todo aquel material de "La onda"─a su vez basado en las canalizaciones de Laura
Knight-Jadczyk─y que venía a presentar una cosmología bastante similar.
Hay otra posibilidad más austera si uno cree, como yo, en la
realidad de los fenómenos precognitivos: mi mente simplemente estaba
teniendo recuerdos del futuro; la mitología de Knight-Jadczyk sencillamente estaba viajando al pasado en un momento un tanto difícil
de mi vida.
Hace unos diez años ingerí una dosis de psilocibina seca de 3,5
gramos. En un punto del viaje cierro los ojos y me meto en una especie
de túnel con paredes fractales. Al final del mismo me encuentro con
lo que percibo─de nuevo, tampoco visualmente─con una entidad
ajena a mí, que empieza a escanear mi cerebro de arriba a abajo.
Pero tampoco había llegado virgen a esta experiencia, claro. Me había
pasado años leyendo material del influyente psiconauta Terence
McKenna, quien había escrito mucho sobre sus experiencias con hongos.
Una de sus teorías más atractivas─que presentaba en su sugerente ensayo: "El hongo habla"─concebía la psilocibina como una
entidad alienígena, que literalmente había llegado al planeta
tierra en forma de espora y se comunicaba con los humanos
después de que estos lo ingirieran.
Así que, desde el lado sobrio del asunto, podríamos decir que mis lecturas
simplemente habrían inducido esta experiencia. El propio
McKenna dejó de lado todas estas teorías cuando le diagnosticaron
de glioblastoma multiforme terminal, reconceptualizándolas como
simples juegos mentales[10].
En el lado ebrio, sin embargo, podríamos mencionar la autobiografía metafísica del veterano guionista de DC Alvin Schwartz─"An unlikely prophet". Schwartz dijo haber recibido la visita de un tulpa tibetano─un ser imaginario materializado en el plano de la realidad ordinaria mediante el pensamiento─que le explicó que estaba buscando a alguien como él. Schwartz había dado una conferencia explicando cómo mientras escribía las historias de Superman tenía la sensación de que el personaje excedía su mente y que por momentos guiaba su trabajo. Thongden─que así se llama el tulpa─decide contactar con Schwartz porque encuentra en él un candidato para establecer una relación simbiótica: dice que le cuesta encontrar en Occidente a alguien con su sensibilidad hacia el mundo de la imaginación y que necesita a alguien de estas características para usarlo como ancla psíquica en esta realidad─para no desvanecerse. El resto del libro explora la relación de Schwartz con Superman, entendiéndolo no sólo como un personaje de ficción, sino como una entidad arquetípica viva─un ser que vive en el pensamiento colectivo, que ha adquirido autonomía y que, a su vez, influye en quien lo invoca con suficiente profundidad.
Y así, entre Don Quijote y Sancho Panza (me gusta llamarles: Don Psicote y Sancho Hara) podríamos seguir un rato largo más.
Como les decía: hacía muchos años que ya no andaba en estas
cosas. Ha sido el ponerme a trabajar sobre un guión de cómic lo que
ha desatado todas estas asociaciones en mi mente. Apenas leo ya sobre
la high-weirdness. Escribo en este blog una vez al año. Podría
decir incluso que este texto me ha capturado: que ha tenido presa mi
atención durante una semana, del mismo modo que los desarrolladores
de los multijugadores online diseñan sus productos para maximizar el
tiempo que el jugador pasa frente ellos en la actual economía de la
atención (lo sé bien: como tantos otros recién divorciados he acabado aliviando mis penas en el "Call of Duty" o bueno, en mi caso más bien en "Apex Legends"[11].
El flujo de taquiones-semiones esta ahí, vale, pero: ¿podría un
flujo de sincronicidades ajeno a uno arrastrarle a lugares en donde no va a querer estar? ¿A un lugar donde uno se convierta en presa,
como el pequeño ratón de "Animal Man"? ¿Existe el engagement
cósmico tóxico? ¿Estoy cayendo en él con mis ejercicios de
hermenéutica pop?
Y, mientras escribo este último párrafo, mientras tecleo la palabra "ratón", Bulma vuelve a casa
de su habitual excursión matutina y se frota contra mis piernas.
¿Sueñan los gatos con taquiones eléctricos? Voy a la cocina para
hacerme un café a modo de celebración por la finalización de este
texto. De camino me encuentro con un escarabajo dorado en el suelo─el segundo que yo recuerde haber visto en toda mi vida─reptando hacia mi estudio[12].
Definitivamente: voy a dejarlo aquí.
***
[1] En collar de la gata que se abalanza sobre el ratón cuelga
una placa que reza "Sheba", o Saba, de ahí que infiera su sexo.
Podría haber incluido la historia mítica de la Reina de Saba yendo
al templo del Rey Salomón, con los dos pilares de la entrada del Templo de
Salomón—Jaquín y Boaz—que delimitan en la tradición masónica el espacio profano y el espacio sagrado y que resuenan con las Torres Gemelas
de la lectura sincromística de Morrison/Kotze ... pero estoy ya cansado
de la masturbación psiónica que ha supuesto este texto y sólo
deseo acabar de escribir estas notas a pie de página para poder
echarme un rato al sol.
[2] Popularizado por Arthur Koestler, el término "ángel de
la biblioteca" describe la misteriosa providencia que opera
cuando los métodos de catalogación convencionales fracasan: la
esperanza secreta de que el volumen exacto que buscamos caiga de la
estantería o brille con luz propia en nuestro campo de visión. Para
ilustrarlo, Koestler rescata la experiencia de la escritora Rebecca
West mientras investigaba los juicios de Núremberg. Tras dar por
perdida la búsqueda de un dato crucial debido al caótico sistema de
archivo, West acudió a la biblioteca; en ese preciso instante, su
mirada se posó de forma fortuita en el libro idóneo, el cual se
abrió mágicamente por la página exacta que necesitaba. Koestler
sostenía que estos episodios—comunes en los anales de la
literatura—son obra de esta entidad protectora, capaz de
manifestarse de mil formas.
[3] Contacté con Paco García Barcos para hacer un reality-check
de este episodio, pero él no recordaba nada. Me cuenta Rubén que
por aquella época iban fumadísimos. No le deseo a nadie procesos de pérdida de memoria por consumo de cannabinoides,
pero preferiría que estuviese sucediendo esto y no que me esté yo
inventando la anécdota. La recuerdo tal y como la he
descrito.
[4] He intentado contactar con mi colega de Internet sin éxito. Tal y como recuerdo la descripción de su viaje, esos átomos tenían ojillos que la miraban. Como encaja demasiado bien en
el contexto de lo que estoy escribiendo y no puedo verificarlo, he
optado por dejar este detalle fuera del texto principal porque
fácilmente podría estar distorsionando mis memorias.
[5] Los libros de Narby a los que me refiero están publicados en
España por la editorial Errata Naturae: "La serpiente cósmica"
y "El misterio último" (este con título original en
inglés "Intelligence in nature", a mi juicio más
acertado). El relato del viaje de los científicos a las sesiones de
ayahuasca lo cuenta Narby en la recopilación "Chamanes a través
de los tiempos", publicada en Kairós.
[6] No puedo evitar hacer una observación sobre el párrafo de
Dick: el modelo temporal y teleológico que maneja, junto con su
insistencia en el método científico como nueva vía, sigue teniendo
resonancias con el Dios de Israel que dice haber superado. Lo cuenta
David F. Noble en su “Beyond the Promised Land: The Movement &
the Myth” el cual analiza el mito bíblico clave de la Tierra
Prometida en relación al pensamiento occidental. Este mito,
argumenta Noble, tiene profundas consecuencias psicológicas que
afectan a nuestra cultura. Frente a otras formas de entender el mundo
más centradas en el aquí y el ahora, la promesa de una destino
final genera una cultura centrada en alcanzar una meta abstracta—una
mente, por lo tanto, cada vez más separada de su entorno inmediato y
que inevitablemente encuentra su motor en proyectarse hacia el
futuro. Fundamentada en esta idea surge la concepción de historia: una
historia lineal a la que subyace un plan divino que el hombre debe
descifrar para poder redimirse de su condición imperfecta; un plan secularizado y perpetuado mediante las narrativas sobre comprensión
universal y futuros tecno-utópicos que promueven gran parte de la ciencia y la
tecnología modernas. Al cambiar experiencia por expectación, dice
Noble, devaluamos la vida en pos de estos proyectos abstractos—la
actual del lógica del mercado.
[7] Lo cuenta en esta breve entrada en plasticbag.org.
[8] Escribiendo esta secuencia he recordado aquella foto del 11-S
en la que un rostro demoníaco emergía del humo del incendio─la
célebre "Satan in the Smoke"─que a mí me recuerda más bien a la
escultura de Ahriman de Rudolph Steiner. He estado investigando un
poco sobre el tema y, por lo leído, parece que el autor de la foto
original, Mark D. Phillips, volvió al lugar 19 años después,
durante el encierro de la COVID y capturó otra impactante imagen
que tituló "The Hand of God". He de decir que, más que la
mano de Dios, a mí me parece un ojo─pero aquí está claro que ni pareidolia ni leches, aquí ya estoy viendo directamente lo que me da la gana a mí. Échenle un vistazo.
[9] el audio de dicha entrevista está colgado en acceler8or.com
[10] Esta antepenúltima nota a pie de página ha supuesto otra resonancia taquiónica y, como decía en la primera, ya llevo un rato cansado de la situación─así que de nuevo no la voy a integrar en el cuerpo del ensayo. Se me ha ocurrido pasarme por el substack de Morrison y su última entrada contiene un dato interesante: por lo que cuenta escribió "Animal Man" en una época en la que experimentó con psilocibina. El artículo, que por lo demás trata de diversos temas, contiene una imagen que me ha llamado mucho la atención: una ilustración de un tal Rian Hughes titulada "The tower" en donde una construcción, rematada en lo alto por el All-Seeing Eye y sobrevolada por una gran esfera roja en la que se abre un gran ojo, mientras se le abalanza un felino. La entrada en cuestión la publicó Morrison el 13 de Mayo, el día anterior al bombardeo de taquiones. Pues nada. Ahí la lleváis.
[11] Si alguien juega al Apex que me lo diga.
[12] A escasas cinco horas de la publicación de esta entrada, leo esto en esta entrada del substack de Morrison─que versa sobre simbología de las Torres Gemelas que venimos comentando: «este es el camino siniestro de La Noche Oscura del Alma. Este es el camino de San Juan que bordea la locura y el delirio, pero que finalmente entrega las recompensas en comprensión simbolizadas por el cangrejo de río, el escarabajo o el crustáceo que tradicionalmente aparece transportando el sol a través de la aparentemente interminable noche ilusoria de esta imagen». Leo, por ejemplo acá, que efectivamente el escarabajo dorado está asociado a la carta 18 del Tarot. Maravilloso.