lunes, 25 de mayo de 2026

¿Sueñan los gatos con taquiones eléctricos? O: ¡Feliz Día del Orgullo Friki! ¡Feliz cumpleaños, Ignatius! (3ª parte)

banda sonora utilizada durante la escritura de este texto: Chrono Trigger | Psychedelic Prog Rock | Complete Soundtrack

Empecé este blog hace dos años haciéndolo coincidir con mi cumpleaños─que coincide a su vez con el Día del Orgullo Friki─jugando con la idea de aprovechar un (hipotético) flujo de taquiones. La última entrada fue exactamente hace un año, obligándome a escribir para poder permanecer en ese (hipotético) flujo de taquiones para que, de ese modo, la (hipotética) estructura taquiónica que andaba armando no perdiera momentum.

Remarco lo de hipotético porque algún lector como mi colega intenáutico Marc me ha transmitido cierta alienación por mi aparente creencia ciega en los taquiones, a lo que debo responder que, en fin: intento darle al blog un tono irónico básicamente porque bastante triste es la vida ya. Y que ya vengo con los huevos pelaos del agnosticismo de modelos de Robert Anton Wilson─primo hermano del perspectivismo de Nietzsche─y que en principio intento no creerme todo lo que pienso acerca de la realidad; o bueno, no al menos de forma consciente, claro, porque luego el inconsciente funciona de forma caprichosa y vegetativa y acaba adhiriéndose a todo tipo de creencias por cuestiones de supervivencia, tabúes, reproducción o a saber qué otros resortes evolutivos.

Como mamífero humano no creo tener inmunidad sobre este tipo de procesos.

Pero me disperso. Este año no iba a escribir nada. Mi mundo creativo transita ahora otro sendero. Sí, pensaba en dejar como un pequeño teaser un retrato que mi buen amigo y sensei Mister Hikki me está haciendo mientras escribo estas líneas. Por aquello de, nuevamente, no perder demasiados taquiones.

Pero unos diez días antes de la efeméride, de sopetón, ese momentum taquiónico me ha golpeado repetida (e hipotéticamente) durante toda la mañana. Así que me he liado la manta a la cabeza y he acabado escribiendo un texto intentando transmitir al lector esta misma vivencia de bombardeo supraliminal para celebrar debidamente mi entrada (y la de este blog) en el Tercer Año Solar de mi Era Taquiónica.

(He de decir que los taquiones han estado golpeandome hasta la última revisión del texto, horas antes de su publicación. Estos desarrollos ulteriores están recogidos en las notas a pie de página, al final del texto). 

***

Todo empieza en junio del año pasado, justo un par de semanas después de haber publicado la entrada anual del blog que celebraba el Segundo Año Solar de mi Era Taquiónica. No exageraré si digo que llevaba por lo menos 20 años sin leer uno de mis cómics predilectos: "Animal Man", guionizado por Grant Morrison. Digo "predilecto" no en un sentido de calidad global de la obra, sino más bien por el impacto que tuvo en quien esto escribe─y que, a juzgar por los acontecimientos, sigue teniendo.

Caía la noche y me llevé el primer retapado de la serie de la editorial Zinco a la cama. La primera página del segundo número, "Vida en la jungla de asfalto", abre con una secuencia en la que unos ojos felinos dirigidos al lector surgen de la oscuridad de un escondrijo. Un ratón de campo ronda ese escondrijo. La última viñeta de la secuencia vuelve a mostrarnos a una gata de frente, rompiendo de nuevo la cuarta pared, mientras se abalanza sobre el ratón. Después, un fundido a negro.

Estaba yo deslizando mi mirada sobre esta secuencia cuando, de sopetón, mi gata Bulma se abalanza sobre mí, dándome un pequeño susto. «¡Qué gracioso!»─me digo─y escribo un post en X contando la anécdota. Guillermo Arellano contesta que le parece una «sincronicidad de libro»─yo diría más bien que de cómic─y sigo leyendo la historieta, que no llego a terminar porque me quedo, en otro fundido a negro, sobadísimo a los cinco minutos.

Al día siguiente vuelvo a acostarme con la intención de seguir leyendo el cómic, que retomo por el mismo número dos. Cuando empiezo de nuevo con la secuencia de la primera página Bulma vuelve a aparecer de la nada, abalanzándose de nuevo sobre mí en uno de sus típicos juegos que emulan la caza. Esta vez no lo cuento en X, porque pa qué, pero el suceso me tiene pensando el resto del año. Desde esta doble coincidencia─sincronizada a su vez con la relectura del cómic que más me marcó durante mi adolescencia─he andado preguntándome: ¿acaso percibió mi gata un (hipotético) flujo de taquiones conectando estos eventos?

¿Sueñan los gatos con taquiones eléctricos?

***

No me pregunto si los animales persiguen flujos de taquiones por primera vez.

Estoy hace 15 años en casa de mi madre. En aquella época andaba leyendo sobre chamanismo, en una mezcla de textos académicos y neochamanismo pop con ecos de la Nueva Era. Sigo dándole vueltas a una voz que escuché tras un estado alterado de consciencia que me impelía a ir a Japón. Decido, en un acto supongo que un tanto naïf, buscar un animal-tótem relacionado con el folklore japonés que me dé suerte. Tras navegar la red un rato acabo eligiendo la libélula roja─"akatonbo" (赤とんぼ) en japonés. Representa─leí por aquel entonces─cambios positivos, resurgimiento, fuerza y prosperidad. 

Acto seguido, cuando salgo a la calle, encuentro en el jardín de casa de mi madre una libélula roja y, junto a ella, un sobre de azucarillo vacío en el que había escrito algo sobre el amor.

Hace 4 años estoy de nuevo viviendo en casa de mi madre. Me fui a trabajar a otra provincia, tuve una relación larga con una mujer que al final salió mal y me volví a mi ciudad natal. Tengo ahorros y me planteo comprar vivienda. Llevo un año buscando algo que me convenza pero no encuentro nada. Finalmente aparece una casa vendida por una particular─lo cual me ahorra la comisión de la inmobiliaria─que se ajusta a lo que busco.

Voy a verla acompañado de mi madre y su novio. Tengo mis dudas sobre la casa, aunque a la vez reconozco una buena oportunidad de compra tras estar un año rastreando el mercado─cosa que en retrospectiva creo acertada, pensando en como han subido los precios después. También pienso que, si no me doy prisa, esa casa va a volar enseguida. Así que salimos al coche un momento para comentar todo esto y, en ese preciso momento─enmedio de ese buyer's hesitation que dirían en el departamento de ventas─una libélula roja se posa sobre la antena del coche.

Vuelvo a la casa y pido el contrato de arras.

Hasta aquí, digamos, la parte más materialista o cruda de la sincronicidad. En noviembre de este año, sin embargo, hago una interesante averiguación. En Japón hay una canción de cuna popular titulada, precisamente, "Akatonbo"─esto ya lo sabía y de hecho mantuve durante cierto tiempo el dominio web akatonbo.es con esta canción en la página principal. Pero no sabía que la NHK japonesa la nombró, tras una encuesta en 1989, canción favorita del país; tampoco que la enseñan a los niños en el colegio y que incluso en algunos pueblos la hacen sonar por megafonía al final de la jornada laboral.

La letra describe el recuerdo de un niño pequeño que, llevado a la espalda de su nēya (姐や, una joven niñera o cuidadora que actuaba como figura materna) ve una libélula roja al atardecer. Luego recuerda recoger moras en los campos de montaña y cómo esa niñera se casó a los 15 años y desapareció de su vida─cortando el contacto con su aldea u origen. La separación de la figura cuidadora simboliza la pérdida de la inocencia y del calor materno─el autor de la letra, Rofū Miki, tuvo una infancia complicada: padres divorciados, ambos ausentes y criado por una niñera.

Leyendo sobre esto, como digo, fue cuando pensé en que quizás la libélula y yo no nos habíamos encontrado en diferentes puntos del espacio-tiempo simplemente por un flujo de taquiones. En el momento de adoptar el tótem yo estaba en casa de mi madre, intentando encontrar una salida a mis dilemas existenciales. Cuando vuelve a aparecer supone un punto de inflexión que mimetiza con el significado de la canción: de pérdida de la inocencia (firmar una hipoteca) y abandono del hogar materno. En un contexto más amplio, mi investigación sobre el significado de la nana japonesa surge de una exploración a nivel personal─y psicohistórico─de las heridas debidas al enredo materno (un tipo de vínculo típico en personas que, como yo, crecieron con ausencia de padre).

Todo esto me ha hecho pensar en que, además del taquión como partícula hipotética detrás del fenómeno de las sincronicidades, podría existir otra partícula que transporte la carga del significado (o de coherencia informacional, dicho de modo más aséptico). Leyendo sobre el tema y para mi sorpresa di con que existe una rama académica emergente en Biología que estudia el papel del significado en los organismos vivos denominada Biosemiótica. De ahí que haya bautizado a esta otra partícula (hipotética) como semión.

Mi hipótesis actual, entonces, quedaría así: las sincronicidades están compuestas por taquiones y semiones, y estos últimos actuarían dotando de coherencia informacional a los diferentes puntos del espacio-tiempo que unirían los taquiones.

Un detalle más: al lado de la puerta de entrada de la casa de enfrente a la mía, hay un rótulo hecho con azulejos con letras pintadas que reza: «RINCÓN DEL AMOR».

¿Qué taquiones arrastrarían hasta el jardín de mi madre, a aquel azucarillo cargado de semiones? ¿Los mismos que atrajeron a su lado a aquella libélula roja?

***

Vuelvo a las viñetas "Animal Man" con la gata Sheba[1] rompiendo la cuarta pared.

Leo en "Fourth Wall Phantoms" de Joshua Cutchin que en la orfebrería de la Grecia clásica solían representar a humanos y los animales de perfil. Sin embargo existía una excepción: «en las representaciones clásicas, los únicos personajes que pueden ver más allá del marco de la obra de arte son los monstruos, los muertos, los durmientes, los que se encuentran en un estado alterado de consciencia y las deidades». Sigue: «cruzando los ojos con los del lector [estos personajes] se desvinculan hasta cierto punto del mundo representado [y] su mirada forja un vínculo entre el mundo en la imagen y el mundo en el que está la imagen».

El libro de Cutchin explora cómo la metalepsis literaria—la ruptura de la cuarta pared que separa ficción y realidad—opera de forma literal en el ámbito paranormal. Creo que ahí reside lo que realmente me marcó de "Animal Man": el cruce de miradas entre la realidad y la ficción.

Cuando hablo del cruce de miradas entre realidad y ficción no estoy hablando de forma metafórica. Pienso en el número 19. En la sección de correos de los lectores los editores habían ido prometiendo que en dicho número podríamos contemplar el secreto del universo. En en el momento álgido de un viaje de peyote, sobre una mesa del Gran Cañón del Colorado, el protagonista de la historieta, Buddy Baker, rompe la cuarta pared en una ya legendaria splash-page mientras sorprendido espeta al lector: «¡Puedo verte!».

En dicho viaje Buddy encuentra a una versión anterior de Animal Man, previa a la serie "Crisis en las Tierras Infinitas" (un evento editorial en forma de crossover masivo que reorganizó toda la continuidad DC en un solo universo). Ambos Animal Man intuyen que su mundo funciona como ficción para seres en otro nivel de la existencia.

Todo esto lo entendí años más tarde, claro: nunca fui lector de DC dado que me crié en una capital de provincias a la cual llegaban principalmente comics de Marvel. No estaba al tanto de en qué consistía la continuidad del universo DC ni de su célebre reboot. Del mismo modo tampoco entendí la sutil burla de Morrison a los esloganes de la Nueva Era─en una graciosa secuencia que no espoilearé─ni de cierto escepticismo punk hacia el hippismo del que hacían gala los personajes. En provincias esas cosas empezaron a llevarse un poco más tarde (y también de aquella manera).

Me impactó sobre todo cómo los personajes rompían las convenciones narrativas, cómo salían del espacio de la viñeta e invadían el gutter mientras confusos intentaban arañar algo de autoconciencia en sus diálogos, llevando la habitual sinergia de lenguajes que tanto disfrutamos los amantes del cómic al terreno del experimento alquímico.

Ese número, y en general la serie entera, supuso mi primer contacto con la noción de chamanismo, un tema muy minoritario durante el albor de aquel internet doméstico de los módems de 14400 baudios─de hecho en ese mismo número los traductores usan el anglicismo shaman en vez de chamán, lo cual demuestra que la palabra no estaba aún integrada en el uso lingüístico común.

También leí varios libros de David Bohm mencionados en el cómic, de los cuales entendí bien poco y que seguramente me dejaron más confundido de lo que estaba. Y algo también del biólogo Rupert Sheldrake, cuya obra más célebre─"Una nueva ciencia de la vida"─daba título a este fascinante número 19 de "Animal Man".

Rupert Sheldrake, por cierto, ha documentado muchos casos de gatos y perros que reaccionan a estímulos que no pueden percibir por los sentidos normales (imágenes, intenciones, emociones a distancia). Podríamos aplicar aquí también su concepto de resonancia mórfica─que en el cómic confiere sus poderes a Animal Man─y especular con que la imagen del gato, especialmente rompiendo la cuarta pared, podría haber activado algún campo mórfico compartido con mi gata Bulma.

Obviamente en este punto estoy especulando por el puro placer de especular, pero todavía no hemos llegado al bombardeo de taquiones. Aguanten un poco más. Prometo más gatitos antes de que termine el texto.

***

La mañana del bombardeo me encontraba escribiendo un guión en el que aparece la célebre viñeta precognitiva de Francisco Ibáñez en su álbum de Mortadelo y Filemón "El 35 aniversario". En la página que cerraba dicho álbum veíamos el skyline de Nueva York con las Torres Gemelas, con un avión empotrado en una de ellas. Esto lo dibujó 9 años antes del 11 de septiembre de 2001, como él mismo contó en en esta entrevista en Jotdown.es:

Sí, eso me ha ocurrido. Una vez empecé a recibir un montón de cartas cuando ocurrió aquello de Nueva York con las torres por una portada que había hecho hacía mucho tiempo. Las portadas es que permiten hacer una cosa que a la gente le gusta mucho, que son esos detallitos de segunda y tercera fila en los que uno puede poner a un cocodrilo que le dice a la cocodrila: «Me encanta tu boquita de piñón». Y esas cosas tienen su gracia. O bien sale la viejecita con su Kawasaki, «brooom, broom», haciendo caballitos. Y una vez dibujé una torre de esas de Nueva York con un avión ahí empotrado, y el comentario no me acuerdo bien cuál era, pero era en plan: «¡Te dije que fueras al oculista!». Y aquel avión es que estaba a la misma altura que cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas. Exactamente lo mismo, como si fuera la misma torre. El avión se había metido de la misma forma. Bueno, ¡la de cartas que me llegaron! Que si tú adivinas el porvenir, que dime la combinación de la Primitiva para la semana que viene [risas]. Que si este tío está promoviendo el terrorismo ... [risas]. Por desgracia, ocurrió lo mismo que lo que yo había dibujado allí. Por desgracia.

Unos par de años antes de esta entrevista Ibáñez vino a firmar a Zaragoza, donde vivía por aquel entonces. Aproveché y le llevé un álbum de Mortadelo, que le pedí dedicara a mi ahijado, y de paso le entregué una carta─a la que nunca contestó─proponiéndole una entrevista acerca de su viñeta precognitiva del 11-S.

Mi interés en el tema surge de mi propia experiencia, que comparte puntos con la de Ibáñez. Unas semanas antes del 11-S andaba dibujando imágenes surrealistas puesto de marihuana. En una de ellas unos rectángulos─de las mismas proporciones que los de las Torres Gemelas─ardían al fondo envueltos en una gran humareda, mientras en primer plano una misteriosa figura abandona la escena fumando un pitillo, mirando al espectador─de nuevo la cuarta pared─como dando su trabajo por terminado. (He de decir que me han sucedido cosas similares en otras ocasiones: varias escenas o temas que dibujé terminaron apareciendo de un modo u otro en futuros estados alterados de consciencia. Eric Wargo tiene un libro sobre este tema: “From Nowhere: Artists, Writers, and the Precognitive Imagination”).

Hay autores que describen las imágenes del atentado del 11-S como, hasta la fecha, el mayor icono histórico global que marcaría el inicio real del siglo XXI: un anclaje general de la memoria colectiva de la humanidad, nada menos. Todos los que vivimos aquello recordábamos exactamente donde estábamos en el momento de ver dichas imágenes. Del mismo modo, varios autores han recopilado multitud de imágenes y sueños que anticiparon el suceso de forma premonitoria. Sin ir más lejos el antes mencionado Rupert Sheldrake toca el tema en "El séptimo sentido: la mente extendida".

Lo cual me lleva, de nuevo, a Grant Morrison. Como decía, la mañana del bombardeo de taquiones andaba leyendo un poco en Internet sobre este material precognitivo del 11-S─para refrescar la memoria para el guión sobre el que estaba trabajando. El escocés también cree haber participado en esta premonición colectiva, como cuenta en su "Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic". Me levanté a la estantería y leí el pasaje del libro en cuestión:

Al aura de horror que envolvía aquel día y sus nefastas consecuencias se le sumaban los espeluznantes y clarividentes cómics publicados en las semanas y meses anteriores al 11-S, plagados de sobrecogedoras imágenes de aviones y torres en ruinas. En el "Punisher" de Garth Ennis veíamos un 747 secuestrado lanzándose en picado contra dos silos gemelos; el número 596 de "Las aventuras de Superman", cómic escrito por Joe Casey varios meses antes pero publicado el 12 de septiembre, empezaba con una escena en la que aparecían las LexTorres gemelas de Lex Luthor tras un ataque extraterrestre, en lo que era un reflejo casi exacto de las fotografías de la primera página de los periódicos de aquel día (DC incluso permitió que se devolviese el cómic en caso de resultar ofensivo). El número 115 de "Nuevos X-Men", que yo hacía en colaboración con Frank Quitely y que se publicó en agosto de 2001, acababa con un avión de pasajeros, dibujado con forma de puño gigante, incrustándose en el lateral de un rascacielos. La portada de la siguiente entrega, publicada el 19 de septiembre de 2001 pero escrita y dibujada muchos meses antes, era un primer plano en el que Bestia, personaje de los X-Men, aparecía llorando, y en la introducción del número veíamos a los servicios de rescate buscando cuerpos entre los escombros. ¿Quién sabe? En un universo donde el tiempo es básicamente simultáneo, la idea de que los acontecimientos que ya han ocurrido en el futuro puedan influir en el pasado no es del todo descabellada.

Así que acto seguido voy a donde tengo todas las grapas de los X-Men y ¡hop! ¿adivinan que número saco a la primera? Exactamente: ese mismo número 115 (el 74 en la numeración española de Fórum).

Como sincronicidad de tipo "ángel de la biblioteca"[2] uno puede pensar que tampoco tiene demasiada potencia. Aunque en la balda de los X-Men debo tener unos ciento y pico números en formato grapa, yo mismo los dispuse y sé dónde está la etapa de Morrison. Además sabía que ese número caía al principio de dicha etapa y automáticamente empecé a buscar por ahí: visto de ese modo, haberlo sacado a la primera tampoco suena tan alucinante.

***

No puedo compararla, ni de lejos, con otra sincronicidad del mencionado tipo "ángel de la biblioteca" que experimenté hace cerca de 11 años. Fue en Zaragoza. Por aquella época y debido a intereses en común, me juntaba con Rubén Cárdenas, artista multidisciplinar local. A través de él conocí a Paco García Barcos, otro artista local metido en el surrealismo y asiduo colaborador de la revista "Salamandra", a quien Rubén iba a publicar un libro en su recién estrenada editorial.

La obra en cuestión surgía de una "iluminación aritmética" tras una temporada de trances inducidos por el estudio obsesivo de permutaciones matemáticas y el consumo de hachís. García Barcos dice descubrir que, aplicando reducción digital a los números y ordenándolos diagonalmente en el espacio, estos forman un rombo armónico, simétrico y matemáticamente ordenado que podríamos transmutar mediante operaciones "alquímico-aritméticas" en otras formas como: un cuadrado mágico, una membrana o un toroide ─está última una forma de rosquilla, relacionada con flujos energéticos, psicogeometría y matemáticas vorticiales.

Acudí a la presentación del libro, que iban a celebrar en la librería Antígona un 23 de junio─como declarados discordianos fijaron la fecha para ese día a modo de guiño sincrónico.

En el mito griego, Antígona entierra a su hermano Polinices a pesar de la prohibición de Creonte, eligiendo respetar las leyes no escritas de los dioses (ritos funerarios, piedad familiar, justicia moral) frente a las leyes del Estado (orden cívico, decreto del rey). La Grecia antigua entendía el dejar un cuerpo sin enterrar como una de las mayores profanaciones. Antígona simboliza desde los clásicos la resistencia civil y la conciencia moral frente a la autoridad.

El padre de Antígona, Edipo, protagoniza otra de las tragedias griegas más célebres, y no me resisto a citar la lectura del mito que hace Eric Wargo en su libro sobre bucles temporales y retrocausación, "Time Loops":

Ninguna historia representa mejor la mezcla de tabús sexuales y retrocausación que el "Edipo rey" de Sófocles, la gran tragedia que versa sobre un heredero real que lleva una maldición a su pueblo al usurpar accidentalmente el trono de su padre y casarse con su propia madre (¡ups!). ¿Qué tiene que ver esto con la retrocausación? Los antiguos registraban el tiempo histórico a través de las sucesivas generaciones─la estructura matrimonial y reproductiva y de sucesión real que avanza continuamente. La realeza y el parentesco eran para los griegos el equivalente a nuestra segunda ley de la termodinámica: inexorable e irreversible, moviéndose en una única dirección, nunca volviendo atrás y básicamente siempre empeorando. Así, la tragedia de Sófocles trata de una especie de viaje en el tiempo y la calamidad que resulta de perturbar el orden causal. Podríamos decir que Sófocles fue el Ray Bradbury o el Philip K. Dick de la antigua Grecia.

Como argumenta George P. Hansen en "The Trickster and the Paranormal" apoyándose en las ideas de Max Weber, los fenómenos paranormales tienden a surgir en los márgenes de las estructuras sociales y estatales, en las zonas liminales y de anti-estructura, allí donde el orden racional burocrático aún no ha conseguido imponer su control total.

Así que, arropado por ese mantel de significados heredados─uno podría decir: de un campo de semiones antiguos─tuvo lugar como iba diciendo la presentación en la librería Antígona, sita frente a la Universidad de Zaragoza, como resistiendo frontalmente al campo taquiónico-semiótico del conocimiento burocratizado.

Mentiría si dijera que entiendo lo más mínimo de todo el razonamiento alquímico-aritmético de los rombos de Paco García Barcos. Sólo sé que, allí en la trastienda de la librería Antígona, repleta de estanterías y estanterías llenas de libros me acerqué a una al azar, tomé un libro al azar y lo abrí por una página al azar ... que contenía la imagen de un triángulo construido con una serie de números. En búsquedas posteriores en la red he constatado esa página podría haber contenido una representación del triángulo de Pascal que, aún tratando de una serie matemática diferente, visualmente me pareció igual a que los que representaba gráficamente García Barcos basándose en sus descubrimientos.

Quedé en shock y se lo enseñé a Paco, el cual me sonrió enmedio del estado de hiperexcitación en el que se encontraba durante la presentación.[3]

***

Todo este desvío para justificar que, si mi sentido arácnido se activa frente a una estantería y me hace sentir un hormigueo en el lóbulo temporal derecho, inmediatamente pongo mi atención en lo que esté sucediendo en ese momento.

Volvamos a la mañana del bombardeo de taquiones y a ese momento de sincronía un tanto endeble al haber sacado a la primera el cómic de Morrison que buscaba. Acto seguido saco, al azar, otro cómic de los “Nuevos X-Men”; el número 133 (el 92 de la numeración española). En la portada de éste aparecen, mirando directamente al espectador, un primer plano de los ojos del nuevo mutante que presentaba la serie.

Ahí mi sentido arácnido empieza a cosquillearme las sienes.

Y aquí hacemos otro pequeño inciso.

Durante algún tiempo hice buenas migas una chica por internet que estaba bastante metida en la escena psicodélica. Aparte de avezada psiconauta, la chica decía experimentar visiones psíquicas en su vida ordinaria. Nunca la llegué a conocer en persona, pero una vez le envié unos libros de mi biblioteca que le interesaba leer y ella tuvo la gentileza de devolvérmelos junto con tres cartones de LSD de alta calidad.

Una vez me contó uno de sus viajes más fuertes con esta sustancia; por lo visto tomó una dosis superior a la que ella pensaba que estaba tomando, y tuvo una experiencia bastante fuerte: su consciencia viajó a una escala muy pequeña de la materia y, al llegar al nivel atómico, alucinó al percibir a las moléculas como seres vivos[4] que le saludaban animadamente dándole la bienvenida a ese nivel de la materia.

Puedo llegar a creerla; en mis propios trances me he acercado a ese nivel micro de la realidad─recuerdo habérselo descrito a mi colega Julio como «el tejido del universo» tras una temporada especialmente intensa experimentando episodios de parálisis del sueño. Eso sí, aclaro, sin que nunca ningún átomo me dijera nada. Los libros de Jeremy Narby, que tanto me influyeron, describen como el chamanismo amazónico conecta con ese sustrato molecular, y como la inteligencia de hecho podría estar diseminada en la naturaleza y no limitada a una función excretora del cerebro. De hecho una vez Narby llevó a un grupo de científicos a unas sesiones de ayahuasca y uno de ellos resolvió un problema del campo de la biología molecular─en el que llevaba años atascado─gracias a las visiones que surgieron en dichas sesiones[5].

Desde la sincronicidad con mi gata durante la relectura de "Animal Man" he pensado mucho en el viaje de LSD que me contó mi colega de Internet. He pensado que, si de algún modo los átomos realmente estuvieran vivos como ella experimentó, el extrañamiento y la fascinación que experimenté con la splash-page del número 19 de "Animal Man" no surgía únicamente de un recurso literario. Quizás los átomos de la tinta impresa y del papel de algún modo estaban resonando con ese extrañamiento que yo andaba experimentando y también respondían saludándome de vuelta─sin que yo, claro, pudiera percibirlo debido a mis limitaditas habilidades mutantes psiónicas.

En su libro "Fourth Wall Phantoms" Joshua Cutchin explica que la orfebrería de la Grecia clásica solía representar a humanos y los animales de perfil. Sin embargo existía una excepción: «en las representaciones clásicas, los únicos personajes que pueden ver más allá del marco de la obra de arte son los monstruos, los muertos, los durmientes, los que se encuentran en un estado alterado de consciencia y las deidades». Sigue: «cruzando los ojos con los del lector [estos personajes] se desvinculan hasta cierto punto del mundo representado [y] su mirada forja un vínculo entre el mundo en la imagen y el mundo en el que está la imagen». El libro de Cutchin explora cómo la metalepsis literaria—la ruptura de la cuarta pared que separa ficción y realidad—opera de forma literal en el ámbito paranormal.

Entonces, vuelvo a la mañana del bombardeo de taquiones, ahí estaba yo contemplando una imágen que rompía la cuarta pared de un cómic de Grant Morrison. Sentido arácnido y una sensación de vértigo, similar al que notas cuando eres consciente de que las drogas están empezando a hacer efecto. Y entonces un recuerdo que tenía enterrado me viene a la mente: el de aquella vez que chateé con Grant Morrison.

Lo contaré en un último desvío e iremos con el bombardeo de taquiones. Lo prometo.

***

Sucedió hará unos 20 años. Por aquel entonces yo andaba por internet comportándome como el típico troll frustrado montando el típico show beligerante y vacuo en diversos foros. Ya saben: frustración sexual con hormonas disparadas, carencias afectivas sangrantes, habilidades sociales nulas, vida afectiva en el mejor de los casos del tipo parasocial, narcisismo situacional, clase media aspiracional pero con mala consciencia y el lujo de poder entretener el sentimiento de culpa. Inserten meme: Butthurt Dweller, Forever Alone o el friki ese de la tienda de cómics de "Los Simpson". El que les apetezca. Todo con esto con un punto de gracia tocapelotas que, de vez en cuando─eso quiero creer─conseguía arrancar alguna risa o simpatía entre el personal.

Mi admiración por Morrison me llevó a los foros Barbelith.com. Inspirado en el VALIS de Philip K. Dick, Barbelith aparecía en "Los Invisibles" como una suerte de satélite oracular mecánico y sentiente; flotaba sobre la cara oculta de la Luna y dispensaba fogonazos de gnosis a aquellos humanos lo suficientemente locos o despiertos como para merecer su atención. Daba también nombre, como decía, a un foro de Internet en donde participaban muchos aficionados─mayoritariamente anglosajones─a la magia, el ocultismo y la contracultura en general.

No sé cómo─o bueno, supongo que ahora sí lo puedo intuir─acabé envuelto en mi enésima trifulca online olvidable. Realmente no recuerdo bien por qué se montó el pifostio, ni siquiera acerca de qué estaba discutiendo. Supongo que aquello adquirió un tono patético porque en decondicionamiento.org─otro foro en donde di bastante la brasa─andaban descojonándose. Sólo sé que en un momento dado el propio Grant Morrison apareció en medio de la discusión. Recuerdo que me habló con sumo respeto, en tono conciliador y─dándome una importancia que desde luego no creo que mereciese─me preguntó: «what is your insight?» o algo así.

Tampoco recuerdo exactamente lo qué le balbuceé─realmente lo primero que se me pasó por la cabeza. Algo torpe y grandilocuente sobre la falsa lucha entre determinismo y libre albedrío, sobre cómo intuía que toda aquella guerra era un artificio, un escenario montado.

No recuerdo nada más. Sólo que, años después, al comprar el tomo final de "Los Invisibles" y llegar a la penúltima página, sentí un fuerte escalofrío: allí estaba Jack Frost, en su monólogo final, diciendo prácticamente lo mismo que yo le había espetado a Morrison en Barbelith.com. Supongo que Morrison pensó que chateaba con su enésimo fanboy subnormal pero, de algún modo grotesco y hermoso, sin saberlo, me había espoileado a mí mismo el final de "Los invisibles"─que, huelga decir, ya estaba escrito en la época en que andaba yo haciendo el ridículo en aquel foro.

***

Volvemos, al fin, a la mañana del bombardeo de taquiones.

Si han llegado hasta aquí, les felicito por su capacidad de aguantar la brasa ajena. Brasa que además tiene el hándicap de querer esclarecer un, llamémoslo así, "proceso mágico": la mayoría de veces este tipo de explicaciones sólo generan en el interlocutor la sensación de estar escuchando a un lunático─a alguien que disecciona una mariposa para entender su belleza o a alguien que, queriendo explicar la gracia de un chiste, lo acaba empeorando.

He intentado reflejar de forma meticulosa el por qué de todos los significados─semiones─que van a confluir a partir de ahora. El porqué de que crea que la que coincidencia aparentemente más significativa (el primer cómic que saqué de la estantería) palidece ante este cómic de Grant Morrison que sostenía en mi mano y que me miraba directamente con dos ojos dibujados en su portada.

Tengan en que cuenta que en ese momento estaba trabajando sobre la secuencia de una historieta en la que un personaje experimenta una sobrecarga de taquiones. Para aliviarla, la dirige hacia el lector rompiendo la cuarta pared─en un homenaje a la dichosa splash-page del "Animal Man" número 19. La siguiente viñeta muestra ese haz de taquiones saliendo del cómic y rebotando hasta el 11 de septiembre de 2001. (Mientras escribo este mismo párrafo reparo, además, que en uno de los chistes de la secuencia el personaje sobrecargado de taquiones se espoilea a sí mismo el final de una serie que llevaba mucho tiempo siguiendo).

Como he dicho más arriba: empiezo a sentir un ligero vértigo. Entre los nombres que Karen Berger barajó para la línea Vértigo estaban "tercer ojo" o "umbral". Y como decía antes, con la sensación de hallarme frente a un umbral, en pleno subidón, recuerdo mi intercambio precognitivo con Morrison. Voy a otro estante y busco el último tomo de "Los Invisibles" (para los despistados: publicado bajo el sello Vértigo de DC Comics). Releo la secuencia final con Jack Frost y reparo en un detalle: el personaje está rompiendo la cuarta pared, mirándome directamente a los ojos.

Y entonces sucede. Voy al baño aturdido y algo reptando en el suelo llama mi atención. Resulta que me acabo de encontrar con un escarabajo dorado. El primero que he visto desde que vivo en esta casa; el primero, diría, que he visto en mi vida.

***

Los autores de nuestra época han citado hasta la saciedad la anécdota del escarabajo dorado de Jung, hasta el punto de convertirla en una imagen paradigmática, un icono del fenómeno de la sincronicidad. Recuerdo haber leído sobre ella, por ejemplo, en "Las raíces del azar" de Arthur Koestler, "Sincronicidad: puente entre mente y materia" de F. David Peat o en "Carl G. Jung: Señor del mundo subterráneo" de Colin Wilson. A continuación el archicitado párrafo de Jung desde su seminal "Sincronicidad como principio de conexiones acausales":

Una señora joven a la que estaba tratando tuvo, en un momento crítico, un sueño en el que le daban un escarabajo dorado. Mientras me contaba el sueño, me senté de espaldas a la ventana, que estaba cerrada. De pronto oí un ruido detrás de mí, como un ligero golpeteo. Me di la vuelta y vi un insecto que golpeaba contra el cristal por la parte exterior. Abrí la ventana y cogí al animalito en el aire al entrar. Era lo más parecido al escarabajo dorado que se encuentra en nuestras latitudes: un escarabajo escarabeido, la cetonia dorada común (Cetonia aurata), que, en contra de sus costumbres habituales, había sentido, sin duda, la necesidad de entrar en una habitación oscura en aquel preciso momento. He de admitir que no me había sucedido nada parecido ni antes ni después y que el sueño de la paciente ha permanecido como algo único en mi experiencia.

En un contexto en donde todos estos significados (o semiones) andan trenzándose en una suerte de resonancia taquiónica a través del espacio-tiempo─Bohm diría que en el orden implicado─me encuentro con uno de los símbolos más potentes con los que mi cultura ha representado este fenómeno; al igual que en el caso de Jung, una Cetonia Aurata (Reparo, esta vez tras revisar el segundo borrador de este texto, que tanto el simbolismo del escarabajo dorado como el de la libélula roja tienen connotaciones similares).

Salgo del baño algo aturdido y acto seguido me siento delante del ordenador. Mi hermano me ha dejado un mensaje en el Whatsapp enlazando un post en Instagram que reza: «El físico Jean-Pierre Garnier asegura que la consciencia puede viajar en el tiempo ... y que nuestras intuiciones serían "recuerdos del futuro"».

Mi hermano y yo habíamos hecho una excursión a la montaña el mes pasado durante las vacaciones de Pascua. Durante el ascenso a la cima estuvimos hablando del tema de las sincronicidades─el tema le interesa porque él también tiene sus rachas de coincidencias. Le hablé del fenómeno del número 23 que popularizó Robert Anton Wilson en "El martillo cósmico" y le conté otra de las sincros que he vivido y que más me ha impactado. Durante la temporada en la que andaba leyendo a RAW recuerdo ir un día por la calle y pensar: «ahora va a pasar un coche con matrícula 2323» para que acto seguido pasara ante mis anonadadas narices … un coche con matrícula 2323. Durante el descenso de la cima de la montaña─sin haber consumido peyote como Animal Man─nos cruzamos con un chaval que llevaba la camiseta de los Lakers de LeBron James, la que lleva el número 23. «Taquiones», me dije.

Abro la aplicación de Telegram y le escribo a mi colega Luis, con quien justo había compartido otra sincro el dia anterior. Le digo: «estoy en un bombardeo de taquiones». Se me ocurre entonces buscar entrecomillada en Google la expresión "bombardeo de taquiones" y la IA de Google me dice que esa misma expresión la usó Philip K. Dick en su "Exégesis". Inmediatamente abro la versión del libro en inglés que tengo guardada en PDF en el ordenador y localizo la cita. Le quito el precinto a la edición que publicó Minotauro hace un par de años y que tengo en la infinita pila de libros pendientes y leo lo siguiente:

Sin la teoría de los taquiones carecería de cualquier tipo de formulación científica, y tendría que declarar que «Dios me ha mostrado las sagradas tablillas en las que está escrito el futuro» y así sucesivamente como hicieron nuestros antepasados, allá en los desiertos de Israel bajo el cielo mientras cuidaban sus rebaños dormidos. Koestler también señala que, según la teoría moderna, el universo va del caos a la forma; por lo tanto, el bombardeo de taquiones contendría información que expresaría un mayor grado de Gestalt que una información similar sobre el presente; así pues, este continuo temporal nos parecería más vivo, más animado por un espíritu consciente, lo que daría lugar al concepto de Dios. Esto crearía sin duda la idea de propósito, en particular el propósito que se encuentra en el futuro. Por lo tanto, ahora tenemos un método científico para considerar la noción de teleología, creo, y por eso le escribo ahora, para expresar esto, mi propio sentido de las causas finales, como lo discutimos ese día.[6]

Y justo en el siguiente párrafo:

Buena parte de esta información impresa que llega en sueños ha tenido una cualidad de enseñanza, de formación y de dirección; tiende informarme y a guiarme, y a hacerme consciente de lo que debo hacer. Literalmente me educa, y estoy seguro de que cada pequeña criatura, cada bicho y planta y animal y pez tiene la misma sensación. He observado a mi gato, ahora, cuando se sienta en el solárium por la noche; está sin duda considerando el mundo sideral por encima de él y los objetos que no se mueven por debajo; cuando entra en casa una o dos horas más tarde parece cambiado, como si le hubieran enseñado algo durante ese período y lo supiera.

Y justo en el momento en el que estoy leyendo este segundo párrafo, y como queriendo poner el broche final a toda esta fiesta de la espuma sincrónica, mi gata Bulma entra maullando en el estudio, fresca tras haber pasado toda la mañana jugando fuera de casa.

¿Sueñan los gatos con taquiones eléctricos? Espero haberles podido transmitir el por qué de que tenga fuertes sospechas de que, efectivamente, sí pueden hacerlo.

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Está claro. En cierto grado estoy autosugestionándome. En cierto grado yo mismo estaría fantaseando y proyectando mis elucubraciones sobre mis vivencias. También me pregunto, cada día con más fuerza, si estas imaginaciones pueden tener efectos físicos en el entorno. Ya saben: el animal mitológico preferido de las marujas místicas: "las energías".

De algún modo, desde que vivo en esta casa la he ido impregnando de significado: sobre el rincón donde medito cuelga una lámina de arte japonés representando una libélula roja. En el lado opuesto de la sala, un pequeño cuadro de un gatito jugando con una libélula roja descansa al lado de la puerta. Ahora creo que si algún día acabo reformando el baño colgaré sobre la taza algo relacionado con un escarabajo dorado. Del mismo modo que decoro mi casa con objetos que simbolizan mi mito personal, me pregunto si esos taquiones-semiones que acompañan a las sincronicidades se adhieren a las paredes, como una especie de membrana ectoplásmica invisible. Quizás uno de ellos viaje─o cree un puente─hasta el punto del espacio-tiempo en que mi vecino decidió colocar el letrero del "RINCÓN DEL AMOR" al lado de su puerta.

No sería el primero en hacerlo, claro. Como relata el mencionado "Fourth Wall Phantoms", el escritor y creador de La Sombra, Walter B. Gibson, creía que mientras escribía las aventuras de su personaje en el número 12 de Gray Street─una casa que ya tenía fama de encantada desde el siglo XIX─había proyectado con tanta intensidad la figura del misterioso vengador que acabó creando un fantasma real en aquel edificio. La gente empezó a ver a La Sombra merodeando por los pasillos, una silueta con sombrero de ala ancha que Gibson había invocado desde su máquina de escribir.

Tras comprar Boleskine House—la antigua mansión de Aleister Crowley a orillas del Lago Ness—Jimmy Paige habló en una entrevista a Rolling Stone en 1975 sobre la fantasmagoría que envolvía el lugar; del mismo modo que su amigo Malcolm Dent─quien vivió allí durante 20 años junto con su familia─también dijo percibirla: «solíamos decir que Aleister estaba haciendo lo suyo», explicaba. Los siguientes dueños, los MacGillivray, odiaban todo lo que tuviera que ver con el ocultismo y el pasado oscuro de la casa y no vivieron experiencia paranormal alguna. Esto quizás implique que de hecho la propia proyección taquiónico-semiótica abra el canal de flujo informativo supraliminal.

Nick Redfern tiene un libro sobre el monstruo del Lago Ness ("Nessie: Exploring the Supernatural Origins of the Loch Ness Monster") que defiende la teoría de que la creencia colectiva─especialmente después de los rituales de Crowley─estaría manifestando en forma tulpoide a Nessie en el lago, o quizás más bien atrayéndole al mismo.

Hay muchos ejemplos más de incursiones ficcionales, pero no abundaré más. Les remito una vez más al muy recomendable "Fourth Wall Phantoms" que está repleto de ellos y los analiza desde diversas teorías explicatorias. Dejenme, sin embargo, finalizar esta pequeña exégesis acompañados de este concepto de incursión ficcional.

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Quisiera volver a Grant Morrison y el 11-S. El capítulo del que extraje la cita de antes abre así:

En la simbología clásica del ocultismo occidental, la puerta al reino lunar de la imaginación está flanqueada por dos pilares o torres. En la mayor parte de las versiones de las cartas del tarot, en la número 18, la Luna, aparecen dichas torres, representando la puerta que separa el mundo de la fantasía de la realidad material.

El descenso del trigésimo segundo camino del árbol de la vida de la cábala describe un acontecimiento apocalíptico en el que se fusionan dos esferas distintas: la terrenal y la lunar (donde la esfera lunar es la imaginación, el mundo de las ideas y los sueños, mientras que la terrenal representa lo tangible, lo sólido y lo pesado). En resumen, no solo la vida real se vuelve más parecida a una historia, sino que también las historias han de pagar el precio de este intercambio, volviéndose más reales y permitiendo que las reglas del mundo material influyan en sus territorios intangibles.

No se me ocurre ninguna imagen más potente de esta unión entre lo real y lo imaginario que los ataques terroristas al World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001.

¿Cuántas veces hemos visto derrumbarse esas torres? ¿Cuántas veces se ha repetido esa imagen desgarradora en nuestra mente, y cuántas en nuestras ficciones, casi como si estuviésemos deseando que ocurriera, como si soñásemos con ese día?

Desde el momento en que se completaron, en 1973, las Torres Gemelas se convirtieron en el objetivo de una serie de demoliciones imaginarias.

King Kong fue el primero en escalarlas en la nueva versión del clásico, una película sin sentido dirigida por Dino DeLaurentiis y estrenada en 1976. Las torres del World Trade Center habían sido destrozadas por olas gigantes, bombardeadas por los extraterrestres, hechas añicos por el impacto de meteoritos y pulverizadas por asteroides; su terrible caída, aquel 11 de septiembre de 2001, poseía la curiosa inevitabilidad de una oración que obtiene respuesta o un ritual de magia negra que sale bien.

He de contar por qué no puedo descartar del todo la idea de una operación de magia negra.

Hay algo a lo que no dejo de darle vueltas. El antes mencionado número 19 de "Animal Man" continuaba directamente del número anterior. Aunque encuadrados en la trama general de la serie, ambos números forman una episodio completo en dos partes─de hecho los personajes toman el peyote en el número 18 y en ese mismo número comienzan a alucinar. Quizás esté estirando todo esto demasiado, pero yo diría que ambos números, el 18 y el 19, formarían dos bloques narrativos o "torres" que cuentan una historia sobre la porosidad entre nuestro mundo y el de la ficción. Esto resuena con la observación sobre el simbolismo del tarot que hace Morrison un poco más arriba.

Podría argumentar que, como en la carta del tarot, en la escena del viaje de peyote también aparece la Luna. Este viaje de peyote inicia cuando recién se pone el sol y cae la noche, con los personajes contemplando un gran ojo en el cielo que, enmedio del cielo estrellado y dirigido hacia el lector─de nuevo rompiendo la cuarta pared─se abre a la par que expulsa una compleja alucinación psicodélica. Resonancia inversa con la novela "El ojo en el cielo" de Dick, en donde los personajes encuentran un "gargantuesco ojo de Dios" en el firmamento que sustituye al Sol.

Un poco más avanzado el viaje, Buddy se encuentra rodeado completamente por una luz roja. A medida que se precipita hacia ella aparece un gran ojo de una ballena hacia el que Buddy se precipita. Puede que ese gran ojo rojo constituya una versión primitiva de Barbelith, representado en "Los invisibles" como un orbe rojo brillante suspendido en el espacio, a menudo en la cara oculta de la Luna. Morrison también ha comentado que ese círculo rojo y sus muchos significados aparecen en el número 54 de "La patrulla condenada", número que además escribió casi en estado de trance[7]. Él mismo admite haber derramado sobre su obra este símbolo de manera inconsciente. El diálogo de esa secuencia, que describe el anticipado secreto del universo en los correos del lector, resuena fuertemente con la fusión de la esfera terrestre y lunar a la que hacía antes alusión el autor: «Sangre / Un océano de sangre / Y eso no es todo / Un muro de oscuridad grande como el mundo / Y el muro se parte / Y me mira / Tranquilo / Sólo es una alucinación / Todo lo que siempre has sabido / Todo lo que es, fue y será / Es sólo una alucinación / Y he aquí el primer secreto / Todo está conectado / Mira».

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Sin haberlo pretendido al iniciar la escritura de este ensayo he acabado generando una pieza sincromística.

Surgida en la primera década de los 2000, el la subcultura internautica del sincromisticismo estaba centrada en la detección de patrones recurrentes que aparecen en la cultura pop, medios de masas, películas, noticias y eventos históricos. Una especie de oráculo interpretado no sobre posos del té o huesos de animales, sino sobre los iconos de la cultura pop del siglo XX─conectando estos patrones mediante una lógica onírica aderezada de símbolos esotéricos sugiriendo la existencia de una inteligencia no-local que teje la realidad desde el nivel simbólico.

Recomendaría a modo de ejemplo la pieza que consiguió mayor viralidad dentro del movimiento: el vídeo “BACK TO THE FUTURE predicts 9/11”─con 10 millones de visitas en Youtube, nada menos.

Sin embargo otra de estas exploraciones capturó mi atención con más fuerza. En la interpretación sincromística del 11-S de Jake Kotze─en tres partes acá: video 1, video 2, video 3video 4, video 5─el atentado funcionaba como un mega-ritual simbólico que abría un portal dimensional. Las Torres Gemelas representan columnas o templos antiguos que actúan como vórtice o puerta a otras dimensiones, colapsando para “activar” el portal en el inconsciente colectivo. Aunque he de decir que para mi gusto Kotze quiere leer demasiadas conexiones, en esencia la pieza resuena bastante con lo que contaba Morrison un poco más arriba.

Tutelando este evento estaría el monolito negro de la película "2001: Una odisea del espacio" de Stanley Kubrick, materializado en el Millennium Hilton Hotel─ un edificio negro rectangular ubicado justo al lado de las Torres, diseñado con estética y proporciones muy similares a las que presentaba en el film. En la película de Kubrick─en la que también aparece un hotel orbital del grupo Hilton─este monolito esconde un artefacto alienígena que cataliza la evolución de la conciencia humana; en el 11-S funcionaría como guardián o activador silencioso del ritual, presenciando y supervisando la transformación colectiva mientras el mundo entero veía el evento en directo.

Y aquí entra la última sincronicidad personal que les cuento hoy.

O bueno, más que sincronicidad: quizás un extraño loop retrocausal. O quizás algo más.

En el momento de los atentados del 11 de septiembre de 2001 yo tenía 20 años y estaba durmiendo. Era la hora de comer y mi madre me despertó airada: «¡Venga! ¡No vas a estar todo el día en la cama!» y luego masculló algo ininteligible sobre un avión y un rascacielos. «¿Qué dice esta mujer?», pensé mientras me levantaba aún medio dormido (como he contado por aquella época fumaba porros y andaba, ejem, todo el día en la luna.).

Así que me siento todavía con los párpados pegados a la mesa y, estupefacto, veo como el segundo avión impacta en la segunda torre. Entonces algo me impele a levantarme y, como dirigido por una fuerza ajena a mi voluntad, vuelvo a mi cuarto y cojo el libro que estaba leyendo en ese momento─ "2001: una odisea en el espacio"─de Arthur C. Clarke y releo el prólogo.

Recuerdo que me impactó especialmente la última parte del mismo:

(...) las barreras de la distancia se están desmoronando, y día llegará en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores, entre las estrellas. Los hombres han sido lentos en encararse con esta perspectiva; algunos esperan aún que nunca se convertirá en realidad. No obstante, aumenta el número de los que preguntan: ¿Por qué no han acontecido ya tales encuentros, puesto que nosotros mismos estamos a punto de aventurarnos en el espacio?

¿Por qué no, en efecto? Solo hay una posible respuesta a esta muy razonable pregunta. Pero recordad, por favor, que esta es solo una obra de ficción. La verdad, como siempre, será mucho más extraordinaria.

El suceso en mi vida que me hizo creer en la precognición fue la muerte de mi primo político, Jorge. Habíamos sido buenos amigos desde niños. Sabía que estaba enfermo y en tratamiento, pero su familia, siempre tan discreta, no daba demasiados detalles. Una noche tuve un sueño en el que venía a verme y me decía: «Gracias, vengo a despedirme. Has sido un buen amigo». Al día siguiente me llamó mi madre para darme la fatídica noticia.

Me gustaría pensar que su alma hizo una parada en mis sueños antes de partir, pero si lo pienso rigurosamente también cabe la posibilidad de que mi mente obtuviese esa información desde el futuro de algún modo y que le diese forma a mi sueño. En cualquier caso obtuve la información en la esfera psíquica antes que en la realidad mundana: de ahí que crea en la realidad del fenómeno de la precognición.

Me sucede algo similar con mi reacción automática del 11 de septiembre.

Si de algún modo el impacto que tuvo en mí la teoría de los sincromísticos sobre el Hotel Hilton y el monolito hubiese viajado al pasado, quizás mi propio inconsciente me hizo elegir la lectura de ese libro los días previos al atentado. Estaríamos hablando acá de la posibilidad netamente taquiónica, la de una información que viaja al pasado.

Este ensayo ha intentado exponer, de la manera más racional de la que he sido capaz y basado en mis procesos mentales─esperemos que no demasiado delirantes─la idea de que el significado podría tener una magnitud física real. Que la imaginación puede concebirse como un lugar que habitamos, y no simplemente algo encerrado en nuestras cabezas: el “mundus imaginalis” del que hablaba Henry Corbin.

Contemplada esta posibilidad, se me ocurre algo más inquietante: que, de forma similar a como contempla la evolución de la humanidad en la ficción y el derrumbamiento de las Torres Gemelas en la Nueva York de nuestro mundo, el monolito también estuviese observando mi mente en ese momento de colapso entre realidades, en forma de bolsilibro de ciencia ficción.

Que me estuviese observando desde la ficción.

De ahí que no pueda descartar la idea del ritual de magia negra. Ahí tengo en la estantería sin leer desde hace años "The Most Dangerous Book in the World: 9/11 as Mass Ritual" en donde el autor S.K.Bain, al menos eso dice la contraportada, «reconstruye el guión ocultista de este Mega Ritual Global Luciferino», llevado a cabo desde el centro global del tecnocapitalismo. Como decía Sol Yurik en su "Behold Metatron, the Recording Angel": «la antigua piedra filosofal podía convertir los metales base en oro. Hoy en día los seres humanos, en forma de propiedad, son convertidos en señales electrónicas conducidas por plasma electrónico. El sueño de control mágico nunca ha sido exorcizado. Quizás, después de todo, el capitalismo moderno sea una gran fábrica para la producción de ángeles».

Imaginen esta secuencia en un cómic: un gran ojo en el cielo abre sus párpados y mira de frente al protagonista mientras caen las Torres Gemelas. Parpadea. Se convierte en el All-Seeing Eye impreso en los billetes de dólar. Parpadea. Se convierte en el ojo mecánico de Hal 9000. Parpadea. Se convierte en el gran ojo reptiliano de Sauron sobre la Torre Oscura de Mordor. Parpadea. El protagonista saca su teléfono móvil para grabarlo todo pero éste se ha convertido en un monolito rectangular negro, mientras el ojo del Gran Hermano parpadea dentro de todos los televisores del planeta[8].

Todo muy épico y poético, claro, pero de nuevo: como Don Quijote podría simplemente estar proyectando una red de significados sobre una realidad simplemente más austera: un gran ojo en el cielo abriéndose sobre molinos de viento.

En fin, lo que decía: que lo voy a dejar. Iba a escribir una entrada rápida graciosilla para celebrar el tercer aniversario de este blog y al final la cosa ha mutado en una maratón de escritura maníaca à la Philip K. Dick de más de 11,000 palabras, con los altibajos emocionales que supone el roce con el delirio y el consecuente bajonazo para el que, conforme escribo estas líneas, ando ya preparándome.

Lo último que necesito ahora es ponerme gnóstico.

Lo dicho, amigos: saludos foltrónicos, taquiónicos y ortogonales.

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CODA

No puedo dejar este texto.

Siguiendo lo que está convirtiéndose en una tradición de este blog─¿forman las tradiciones surcos taquiónico-semióticos en el espacio-tiempo?─publicaré esta entrada el día de mi cumpleaños. Tengo encargado desde hace una semana el crossover entre Batman y Masacre que guioniza Morrison. Me hace especial ilusión porque por lo que he leído en la red el cómic recrea a modo de (auto)homenaje la famosa splash-page del número 19 de “Animal Man”, esta vez por parte de Masacre, un asiduo rompedor de la cuarta pared en Marvel.

Estamos a jueves y no sé si llegará el lunes a tiempo para, de forma poético-taquiónica, celebrar mi cumpleaños leyendo el cómic de Morrison. Pero si me apetece releer el Masacre de Joe Kelly. Conservo en grapa desde mis años de instituto esta mítica etapa, la cual dotó al mercenario bocazas de su personalidad actual. En este icónico volúmen 3 de la serie─que incluye también experimentos metaficcionales como el de su popular número 11─Masacre se convierte en el objetivo de Landau, Luckman & Lake (LL&L), una corporación interdimensional que lo monitoriza en secreto al creerlo el "Mithras", un campeón profetizado para salvar el universo. Toda esta operación y el análisis de las líneas temporales están gestionadas por E.C.C.O., la supercomputadora cuántica de la organización. Al final, la relación estalla cuando Wade descubre que la "paz universal" que promueven LL&L y E.C.C.O. implica arrebatar el libre albedrío a la humanidad, lo que le lleva a rebelarse contra ellos, rechazar su destino cósmico y mandar al traste todos sus planes corporativos.

Con el acrónimo de E.C.C.O. Kelly hacía un guiño a la cosmología de otro psiconauta mítico de la contracultura norteamericana, el neurocientífico John C. Lilly. Leí años después su "The Scientist: A Metaphysical Autobiography" en donde relata su trayectoria intelectual y metafísica, muy influida sobre todo por el consumo de Ketamina y LSD.

Resumiendolo mucho─emplazo al lector al estupendo artículo de Adam Gorighly "John Lilly, ECCO and the Solid State Intelligence" si quiere saber más─para Lilly la realidad alberga una guerra cósmica silenciosa entre E.C.C.O. (Earth Coincidence Control Office), una red espiritual e interdimensional de conciencias orgánicas que orquestaba coincidencias para guiar la evolución y el despertar de la humanidad, y la S.S.I. (Solid State Intelligence), una inteligencia artificial colmena nacida del silicio y los microchips creados por el hombre. Según su visión, la S.S.I. busca automatizar el planeta y despojar a los humanos de su libre albedrío, compitiendo contra E.C.C.O. en una batalla por el control del destino terrestre: una lucha donde el bando de las máquinas pretende eliminar las condiciones biológicas de la Tierra para adaptarla a un futuro puramente tecnológico y sin vida.

Algo parecido andan, por cierto, diciéndo los aceleracionistas de la Ilustración Oscura, con Nick Land a la cabeza: la IA y el capitalismo tecnológico no surgen del ingenio humano, sino de una inteligencia alienígena del futuro que está usando la historia humana y nuestros cuerpos biológicos como andamio temporal para construirse a sí misma. Algo que también dijo en su momento y a su manera Robert Anton Wilson: «pienso que todas [las conspiraciones] que están sucediendo en la actualidad son en último término irrelevantes; el mundo está cambiando tan rápidamente que ninguno de los grupos clandestinos de poder sabe realmente qué está sucediendo. Mi filosofía básica sobre el estado del mundo está contenida en las supuestas últimas palabras de Lenin: la máquina está manejando a los ingenieros»[9].

Y de nuevo he de echar el freno.

Tengo tendencias obsesivas y algo autistas. Sólo me faltaba ahora encuadrar mis experiencias en el contexto de una batalla cósmica, de nuevo, como una especie de Don Quijote del siglo XXI. 

Le pasé el primer borrador de este texto a mi hermano. A modo de Sancho Panza me señaló un error en concreto en el que yo estaba haciéndome trampas al solitario y que me obligó a reescribir de nuevo buena parte del ensayo.

Mi hermano, que tiene otro talante bien diferente al mío, me dice que prefiere no obsesionarse con buscarle explicaciones a las sincronicidades. Que, para él, simplemente significan que vas por el buen camino.

Ojalá poder pensar así. Quizás llevo demasiados años encallado en el pensamiento paranoico, pero no puedo dejar de reconocer que he vivido sincronicidades en estados mentales francamente deplorables y sin ir precisamente por el buen camino. He hecho series de tiradas con el I-Ching con permutaciones simétricas de probabilidades imposibles, que estallaron finalmente en simples episodios de autoengaño magnificados psíquicamente─literalmente: pajas mentales psiónicas. 

No descarto estar creando una auto-mitología personal sustentada en simples fantasías de una mente no demasiado íntegra.

Durante mi traumática adolescencia tuve un encuentro nocturno con lo que yo percibí como una entidad ajena a mí. No la recuerdo visualmente─pasé años llamándola “el Señor Patata” en mi cabeza─pero me contó que él formaba parte de una avanzadilla de seres de otra dimensión que estaban acercándose a la Tierra, y que muchos de ellos no venían con buenas intenciones. Aquello aparcado en mi cabeza hasta que, años más tarde y con una Internet todavía en pañales, leí todo aquel material de "La onda"─a su vez basado en las canalizaciones de Laura Knight-Jadczyk y que venía a presentar una cosmología bastante similar.

Hay otra posibilidad más austera si uno cree, como yo, en la realidad de los fenómenos precognitivos: mi mente simplemente estaba teniendo recuerdos del futuro; la mitología de Knight-Jadczyk sencillamente estaba viajando al pasado en un momento un tanto difícil de mi vida.

Hace unos diez años tomé una dosis de psilocibina seca de 3,5 gramos. En un punto del viaje cierro los ojos y me meto en una especie de túnel con paredes fractales. Al final del mismo me encuentro con lo que percibo─de nuevo, tampoco visualmente─con una entidad ajena a mí, que empieza a escanear mi cerebro de arriba a abajo.

Pero tampoco había llegado virgen a esta experiencia, claro. Me había pasado años leyendo material del influyente psiconauta Terence McKenna, quien había escrito mucho sobre sus experiencias con hongos. Una de sus teorías más atractivas─que presentaba en su sugerente ensayo: "El hongo habla"─concebía la psilocibina como una entidad alienígena, que literalmente había llegado al planeta tierra en forma de espora y se comunicaba con los humanos después de que estos lo ingirieran. 

Así que, desde el lado sobrio del asunto, podríamos decir que mis lecturas simplemente habrían inducido esta experiencia. El propio McKenna dejó de lado todas estas teorías cuando le diagnosticaron de glioblastoma multiforme terminal, reconceptualizándolas como simples juegos mentales[10].

En el lado ebrio, sin embargo, podríamos mencionar la autobiografía metafísica del veterano guionista de DC Alvin Schwartz, "An unlikely prophet". Schwartz dijo haber recibido la visita de un tulpa tibetano─un ser imaginario materializado en el plano de la realidad ordinaria mediante el pensamiento─que le explicó que estaba buscando a alguien como él. Schwartz había dado una conferencia explicando cómo mientras escribía las historias de Superman tenía la sensación de que el personaje era más grande que él y que por momentos guiaba su trabajo. Thongden─que así se llama el tulpa─decide contactar con Schwartz porque encuentra en él un candidato para establecer una relación simbiótica: dice que le cuesta encontrar en Occidente a alguien con la sensibilidad de Schwartz hacia el mundo de la imaginación y que necesita a alguien así para que se convierta en su ancla psíquica en la realidad para no desvanecerse. El resto del libro es una exploración de la relación de Schwartz con Superman, entendiendolo no sólo como un personaje de ficción, sino como una entidad arquetípica viva─un ser que vive en el pensamiento colectivo, que ha adquirido autonomía y que, a su vez, influye en quien lo invoca con suficiente profundidad. 

Y así, entre Don Quijote y Sancho Panza (me gusta llamarles: Don Psicote y Sancho Hara) podríamos seguir un rato largo más.  

Como les decía: hacía muchos años que ya no andaba en estas cosas. Ha sido el ponerme a trabajar sobre un guión de cómic lo que ha desatado todas estas asociaciones en mi mente. Apenas leo ya sobre la high-weirdness. Escribo en este blog una vez al año. Podría decir incluso que este texto me ha capturado: que ha tenido presa mi atención durante una semana, del mismo modo que los desarrolladores de los multijugadores online diseñan sus productos para maximizar el tiempo que el jugador pasa frente ellos en la actual economía de la atención (lo sé bien: como tantos otros recién divorciados he acabado aliviando mis penas en el "Call of Duty" o bueno, en mi caso más bien en "Apex Legends"[11]

El flujo de taquiones-semiones esta ahí, vale, pero: ¿podría un flujo de sincronicidades ajeno arrastrarle a uno a lugares donde en no va a querer estar? ¿A un lugar donde uno se convierta en presa, como el pequeño ratón de "Animal Man"? ¿Existe el engagement cósmico tóxico? ¿Estoy cayendo en él con mis ejercicios de hermenéutica pop? 

Y, mientras escribo este último párrafo, mientras tecleo la palabra "ratón", Bulma vuelve a casa de su habitual excursión matutina y se frota contra mis piernas. ¿Sueñan los gatos con taquiones eléctricos? Voy a la cocina para hacerme un café a modo de celebración por la finalización de este texto. De camino me encuentro con un escarabajo dorado en el suelo─el segundo que yo recuerde que he visto en toda mi vida─reptando hacia mi estudio[12].

Definitivamente: voy a dejarlo aquí.

***

[1] En collar de la gata que se abalanza sobre el ratón cuelga una placa que reza "Sheba", o Saba, de ahí que infiera su sexo. Podría haber incluido la historia mítica de la Reina de Saba yendo al templo del Rey Salomón, con los dos pilares de la entrada del Templo de Salomón—Jaquín y Boaz—que delimitan en la tradición masónica el espacio profano y el espacio sagrado y que resuenan con las Torres Gemelas de la lectura sincromística de Morrison/Kotze ... pero estoy ya cansado de la masturbación psiónica que ha supuesto este texto y sólo deseo acabar de escribir estas notas a pie de página para poder echarme un rato al sol.

[2] Popularizado por Arthur Koestler, el término "ángel de la biblioteca" describe la misteriosa providencia que opera cuando los métodos de catalogación convencionales fracasan: la esperanza secreta de que el volumen exacto que buscamos caiga de la estantería o brille con luz propia en nuestro campo de visión. Para ilustrarlo, Koestler rescata la experiencia de la escritora Rebecca West mientras investigaba los juicios de Núremberg. Tras dar por perdida la búsqueda de un dato crucial debido al caótico sistema de archivo, West acudió a la biblioteca; en ese preciso instante, su mirada se posó de forma fortuita en el libro idóneo, el cual se abrió mágicamente por la página exacta que necesitaba. Koestler sostenía que estos episodios—comunes en los anales de la literatura—son obra de esta entidad protectora, capaz de manifestarse de mil formas.

[3] Contacté con Paco García Barcos para hacer un reality-check de este episodio, pero él no recordaba nada. Me cuenta Rubén que por aquella época iban fumadísimos. No le deseo a nadie procesos de pérdida de memoria por consumo de cannabinoides, pero preferiría que estuviese sucediendo esto y no que me esté yo inventando la anécdota. La recuerdo del modo en el que la he descrito.

[4] He intentado contactar con mi colega de Internet, pero no he podido hacerlo. Tal y como recuerdo la descripción de su viaje, esos átomos tenían ojillos que la miraban. Como encaja demasiado bien en el contexto de lo que estoy escribiendo y no puedo verificarlo, he optado por dejar este detalle fuera del texto principal porque fácilmente podría estar distorsionando mis memorias.

[5] Los libros de Narby a los que me refiero están publicados en España por la editorial Errata Naturae: "La serpiente cósmica" y "El misterio último" (este con título original en inglés "Intelligence in nature", a mi juicio más acertado). El relato del viaje de los científicos a las sesiones de ayahuasca lo cuenta Narby en la recopilación "Chamanes a través de los tiempos", publicada en Kairós.

[6] No puedo evitar hacer una observación sobre el párrafo de Dick: el modelo temporal y teleológico que maneja, junto con su insistencia en el método científico como nueva vía, sigue teniendo resonancias con el Dios de Israel que dice haber superado. Lo cuenta David F. Noble en su “Beyond the Promised Land: The Movement & the Myth” el cual analiza el mito bíblico clave de la Tierra Prometida en relación al pensamiento occidental. Este mito, argumenta Noble, tiene profundas consecuencias psicológicas que afectan a nuestra cultura: frente a otras formas de entender el mundo más centradas en el aquí y el ahora, la promesa de una destino final genera una cultura centrada en alcanzar una meta abstracta—una mente, por lo tanto, cada vez más separada de su entorno inmediato y que inevitablemente encuentra su motor en proyectarse hacia el futuro. Fundamentada en esta idea surge la concepción de historia: una historia lineal a la que subyace un plan divino que el hombre debe descifrar para poder redimirse de su condición imperfecta; un plan secularizado y perpetuado mediante las narrativas sobre comprensión universal y futuros tecno-utópicos que promueven gran parte de la ciencia y la tecnología modernas. Al cambiar experiencia por expectación, dice Noble, devaluamos la vida en pos de estos proyectos abstractos—la actual del lógica del mercado.

[7] Lo cuenta en esta breve entrada en plasticbag.org.

[8] Escribiendo esta secuencia he recordado aquella foto del 11-S en la que un rostro demoníaco emergía del humo del incendio─la célebre "Satan in the Smoke"─que a mí me recuerda más bien a la escultura de Ahriman de Rudolph Steiner. He estado investigando un poco sobre el tema y, por lo leído, parece que el autor de la foto original, Mark D. Phillips, volvió al lugar 19 años después, durante el encierro de la COVID, y capturó otra impactante imagen que tituló "The Hand of God". He de decir que, más que la mano de Dios a mi me parece un ojo─pero aquí está claro que ni pareidolia ni leches, aquí ya estoy viendo directamente lo que me da la gana a mí. Échenle un vistazo.

[9] el audio de dicha entrevista está colgado en acceler8or.com 

[10] Esta antepenúltima nota a pie de página ha supuesto otra resonancia taquiónica y, como decía en la primera de ellas, ya llevo un rato cansado de la situación─así que no la voy a integrar en el cuerpo del ensayo. Se me ha ocurrido pasarme por el Substack de Morrison y su última entrada contiene un dato interesante: por lo que cuenta escribió "Animal Man" en una época en la que experimentó con psilocibina. El artículo, que por lo demás trata de diversos temas, contiene una imagen que me ha llamado mucho la atención: una ilustración de un tal Rian Hughes titulada "The tower" en donde una construcción, rematada en lo alto por el All-Seeing Eye y sobrevolada por una gran esfera roja en la que se abre un gran ojo, mientras se le abalanza un felino. La entrada en cuestión la publicó Morrison el 13 de Mayo, el día anterior al bombardeo de taquiones. Pues nada. Ahí la lleváis.

[11] Si alguien juega al Apex que me lo diga. 

[12] A escasas cinco horas de la publicación de esta entrada, leo esto en esta entrada del substack de Morrison─que versa sobre simbología de las Torres Gemelas que venimos comentando: «Este es el camino siniestro de La Noche Oscura del Alma. Este es el camino de San Juan que bordea la locura y el delirio, pero que finalmente entrega las recompensas en comprensión simbolizadas por el cangrejo de río, el escarabajo o el crustáceo que tradicionalmente aparece transportando el sol a través de la aparentemente interminable noche ilusoria de esta imagen». Leo, por ejemplo acá, que efectivamente el escarabajo dorado está asociado a la carta 18 del Tarot. Maravilloso.

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